Moonwalker


 

Moonwalker. Productora: Ultimate Productions; distribuidora: Warner Bros.; directores: Jerry Kramer, Will Winton, Jim Blashfield, Colin Chilvers; productores: Frank DiLeo, Michael Jackson, Dennis Jones, Jerry Kramer, Will Winton; guion: Michael Jackson, David Newman; música: Michael Jackson, Bruce Broughton; intérpretes: Michael Jackson, Sean Lennon, Joe Pecsi y otros. País: Estados Unidos. Año: 1988. Género: musical. Duración: 92 min.

Moonwalker es el resultado de la imaginación sin límites de Michael Jackson, una película que está conformada por una colección de segmentos llenos de efectos especiales, acción y mucha música. Soy tan fan de Michael Jackson como cualquiera que tenga sus discos pero este filme es realmente atrapante, el contenido visual y auditivo que nos muestra la película es alto y no se trata solo de un sueño dentro de la cabeza de Michael sino el trabajo de varias manos, con segmentos que se pueden separar pero esta vez se ensamblan para mostrarnos la vida de un artista que marcó una época y tras varios años de su muerte sigue dando de qué hablar. 

La película también es un reflejo del ego de un artista que la suerte lo hizo ser diferente, con una infancia perdida y recuperada, problemas de salud, dinero y amor que no le quitaron mérito a Michael para ser un ícono de la música y más.

 
La película como explicamos tiene varios segmentos o cortos dirigidos por diferentes cineastas pero todos basados en una historia concebida por Michael. En esta obra, Michael funge como productor, coreógrafo, músico y por supuesto protagonista, sin embargo, el trabajo de dirigir que es complejo, Michael lo deja en manos de cineastas profesionales; cosa que no hizo Prince en su poco exitosa Graffiti Bridge donde escribe y dirige un filme sin tener experiencia como cineasta. 

Michael mezcla en Moonwalker una antología de diversos videos, algunos ya vistos y otros realizados para la película que luego obviamente se convirtieron en videoclips, entre ellos, segmentos de sus presentaciones con sus hermanos hasta Thriller y Billy Jean (se recuerda que para el momento del filme Michael había estrenado su tercer álbum ya como cantante solista definitivo y realizó algunas grabaciones, entre ellas, la canción que forma parte del soundtrack de la película Ben). 

Otra parte de Moonwalker es un corto llamado Smooth Criminal, una fantasía de acción plagada de efectos especiales donde Michael interpreta obviamente a un cantante que está pasando un día libre con sus pequeños amigos (incluido Sean Lennon hijo del mítico John Lennon) que accidentalmente terminan descubriendo la guarida de Mr Big quien al descubrirlos manda a sus tropas de asalto a atacar a Michael. Nuestro protagonista inexplicablemente se salva del atentado después que al menos una docena de soldados armados con ametralladoras especiales (parecidas a las que se vieron en Aliens, el regreso) dejan como colador una calle completa. Finalmente, Michael escapa y luego lo que parece una estrella fugaz hace que Michael se trasforme en un carro espacial y bueno… la aventura incluye un viaje en el tiempo donde Michael aparece en una especie de taberna de los años 30 donde cantará el tema que le da nombre al segmento. 

El despliegue de efectos especiales y música es impresionante y todavía no envejece, además, las coreografías son espectaculares. Hay un segmento a manera de videoclip llamado Speed Demon, que hace un poco de referencia al acoso que sufre Michael por los fans. Otro segmento es Leave Me Alone donde Michael va por una especie de caverna montado en un proyectil sin alas mientras que se van mostrando publicaciones sobre su vida personal como el hecho de que duerme en una cámara hiperbárica, que compró los huesos del hombre elefante, que tiene un altar donde venera a Elizabeth Taylor (aquí se puede ver a la actriz en segmentos de sus películas más famosas), pero, el más conmovedor segmento es precisamente el principio de la película con el tema Man in the Mirror donde habla de la paz mundial. También vemos segmentos donde aparece la Madre Teresa, Nelson Mandela, John Lennon y claro, siempre intercalados con escenas de sus conciertos y fans cayendo desmayadas. 

El filme no tiene pies ni cabeza, es un derroche de efectos especiales, un autorregalo que se da Michael Jackson a su inflado ego, sin embargo, para mí cumple con divertirme una y otra vez; por si no se recuerda bien, una de las misiones del cine. 

No sé si atreverme a indicar las similitudes o alusiones de este filme a lo hecho por el legendario grupo musical The Beatles, algunas muy obvias, otras que hay que ver mejor; lógico que después de los cuatro de Liverpool, Michael Jackson es otro fenómeno mediático muy similar. Sin embargo, voy a mencionar que entre las imágenes presentadas está la de John Lennon, miembro clave de los Beatles, y muy relacionado con el movimiento por la paz mundial. Por otro lado, el segmento Speed Demon nos recuerda a la película Hard Days Night la cual habla precisamente del acoso de los fans que se hace imposible de evitar. También está el hecho de que Sean Lennon protagoniza Smooth Criminal como uno de los amigos de Michael y para rematar Michael termina cantando Come Together, tema clásico de los Beatles perteneciente a su último álbum grabado Abbey Road (aunque se lanzó de penúltimo antes de Let it be, que es más bien un soundtrack de la película del mismo nombre). Como todos sabemos Michael Jackson compró el catálogo musical de los Beatles pero curiosamente solo tomó Come Together para su uso musical personal, después tuvo que revender el catálogo por problemas financieros. 

El último segmento donde van apareciendo los créditos finales (donde por supuesto el nombre de Michael aparece no menos de diez veces) vemos un grupo de hombres afroamericanos cantando lo que parece un blues de antaño, Michael recuerda así sus raíces negras dándole el final a su filme o como muchos llamaron un videoclip de larga duración.

Autor: 
LUIS STEELHEART 

Licenciado en Administración de Empresas. Ha participado en diferentes actividades de cine-foro principalmente en el Cine Club Charles Chaplin y en la Biblioteca Pública Pio Tamayo, además de realizar colaboraciones en diferentes actividades de cine en los lugares antes mencionados y otras instituciones como la Universidad Simón Rodríguez, el CIECA, la UPEL y el Liceo Lisandro Alvarado. Steelheart es un cinéfilo y coleccionista de artículos relacionados con el cine. 

Fuente/Autor:
Cine Fantasía
https://youtu.be/WkM0nfEAnvc

El cine de mi colección es escrito por Luis Steelheart. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, sin embargo, las opiniones emitidas en él son responsabilidad únicamente del autor.



¡Muéstrame el dinero!



Cada 28 de enero, Venezuela vuelve la mirada hacia sus primeras imágenes en movimiento para celebrar el nacimiento de su cinematografía. En este 2026, cuando se cumplen 129 años de aquel hito fundacional, el cine nacional se encuentra en un punto de inflexión histórico: ya no puede ni debe seguir pensándose únicamente como una expresión cultural sostenida por el Estado, sino como una actividad económica obligada a dialogar con las reglas del mercado. 

Durante décadas, el cine venezolano ha operado bajo una lógica de espera: la espera de financiamiento público, de políticas culturales estables, de presupuestos que hoy resultan cada vez más menguantes. La pregunta, entonces, no es solo por qué no existe una industria cinematográfica en Venezuela, sino por qué sigue resultando poco atractivo invertir en ella. La célebre frase pronunciada por Rod Tidwell (Cuba Gooding Jr.) en la película Jerry Maguire —«¡Muéstrame el dinero!»— funciona aquí como metáfora incómoda pero necesaria. Hacer cine no basta; es imprescindible comprender el negocio que lo sostiene, una lección que cinematografías como la estadounidense, la india o la nigeriana aprendieron hace tiempo.

Uno de los debates más reveladores en este aniversario tiene que ver con la productividad. Los grandes maestros del cine venezolano, como Román Chalbaud, podían permitirse dedicar años a una sola obra en un contexto histórico distinto, donde el tiempo y el financiamiento seguían otras lógicas. Hoy, cineastas como Jackson Gutiérrez han dinamitado esos esquemas tradicionales. Con más de veinte largometrajes realizados, Gutiérrez ha demostrado que el llamado “cine de guerrilla” no es solo una respuesta a la precariedad, sino un modelo funcional en economías restringidas. Este fenómeno plantea una disyuntiva clave: ¿es preferible una obra maestra cada década o una producción constante que mantenga activos a técnicos, actores y estructuras de trabajo? La respuesta, probablemente, no esté en los extremos, sino en un equilibrio aún por consolidarse. 

El cineasta venezolano contemporáneo parece haber entendido que el mecenazgo estatal ya no constituye la columna vertebral del sector, sino un complemento cada vez más lejano. El mercado interno, por sí solo, resulta insuficiente para recuperar las inversiones realizadas en la producción de películas. En este contexto, las coproducciones internacionales se perfilan como una de las estrategias más viables para el futuro. Aprovechar la diáspora de talentos asentados en países como México, España o Colombia no solo permitiría ampliar las posibilidades de financiamiento, sino también garantizar que nuestras historias circulen con pasaporte y generen ingresos en moneda extranjera. 

A ello se suma un cambio estructural ineludible: las plataformas digitales se han convertido en las nuevas salas de cine. En estos espacios virtuales se concentra hoy una difusión masiva real y una rentabilidad que, aunque más lenta, resulta sostenible a largo plazo. Ignorar este ecosistema sería condenar al cine nacional a una marginalidad autoimpuesta. 

Sin embargo, ningún modelo industrial puede consolidarse sin un marco legal adecuado. La actualización de los incentivos fiscales se vuelve urgente. El empresario venezolano invierte en televisión porque percibe un retorno publicitario inmediato; para que considere al cine como una opción viable, el Estado debe ofrecer mecanismos claros de deducción de impuestos, similares a los aplicados en países como República Dominicana o Colombia, donde el séptimo arte se ha convertido en un motor económico tangible. En esa misma línea, la reforma de la Ley de Cinematografía resulta indispensable para superar una visión centrada exclusivamente en el fomento cultural y avanzar hacia una perspectiva que privilegie la competitividad y la atracción de capital. 

A 129 años de aquellas primeras proyecciones en el Teatro Baralt, el cine venezolano sigue vivo, aunque con un rostro distinto y desafíos más complejos. El reto ya no es solo existir, sino transformarse finalmente en una industria de exportación: una capaz de producir historias que el mundo entero no solo quiera ver, sino también comprar.

Autor:
Guillermo Chávez

Fuera de foco es escrito por Guillermo Chávez. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, sin embargo, las opiniones emitidas en él son responsabilidad únicamente del autor.