Una película, una época


Me di cuenta en estos días que siempre ponemos algo constante y a la vez cambiante como referencia a alguna época de nuestra vida. Y casualmente, en una tertulia con amigos hice referencia a una película para responder a la pregunta: ¿qué hacíamos en 1990? Yo respondí; bueno, la gente iba a la recién inaugurada Café 90 y al cine a ver «Danza con Lobos». Esta maravillosa película de Kevin Costner hacía referencia a ese momento y esto me puso a pensar si hay películas ganadora del Óscar que sirvan como referencia en épocas determinadas. Creo que sí, al menos en mi caso, porque es cosa de todos los años. 
Recuerdo que no hace mucho había dejado de trabajar en una empresa, me habían dado las prestaciones y compré el DVD de «The Hurt Locker»», ganadora del Óscar de 2010 dirigida por Kathryn Bigelow, la cual le arrebato el premio a «Avatar»; no sé pero creo que ninguna de las dos me gustó para el Óscar de ese año. Ya por esa época era común y hasta obligatorio estar en una red social como Facebook y Twitter lo cual cambio la vida de toda una generación, permitiendo interactuar con amigos y personajes que serian muy difíciles de contactar en la vida real. Era el comienzo de un nueva era.
También viene a mi memoria cuando se estreno en 1993 «La Lista de Schindler», obra maestra de Steven Spielberg, alguno de mis amigos y vecinos adolescentes contaban lo emocionante e impactante de las crudas escenas: «viste como le tronaban la cabeza a esos prisioneros». Igualmente recuerdo que en 1993 fue la época del atentado de las torres gemelas con un camión bomba provocando la muerte de 6 personas, la película «Top Dog» protagonizada por el ídolo de las artes marciales Chuck Norris tuvo mal recibimiento ya que al comienzo de la misma ocurre un atentado similar; al parecer al público le dio un mal sabor de boca ver algo parecido en la pantalla grande. Esta película, una comedia de acción de la llamada «Clase B», había debutado en primer lugar de taquilla en su primera semana y decayó terriblemente. Era solo el comienzo de la terrible era del terrorismo que luego llegaría a su máxima expresión en septiembre del 2001. 
En 1998 estabas pendiente del mundial de fútbol Francia 98 o de la película «Titanic» que estaba en cartelera y por su extensa duración solo se presentaba en dos funciones, una muy temprano y otra muy tarde. La pude ver ya después de terminar las pasantías. Esquivé la posibilidad de verla en videocopia ya que era inevitable disfrutarla en el cine, al menos la primera vez. En cambio, me di un maratón para ver «Good Hill Hunting» con los, para entonces, poco conocidos Matt Damon y Ben Afleck, junto al ganador del Óscar Robin Williams. Este estupendo filme de Gus Van Sant le siguió de cerca a Titanic. No tengo que decir como cambiaron las cosas en nuestro país a partir de diciembre de 1998; parece increíble que ya hayan pasado casi 20 años. 
Si me voy más atrás, a los 80, recuerdo que «Amadeus», la espectacular película de Miloš Forman, duró bastante en las carteleras cinematográficas. Este filme de 1984 fue estrenado en el apogeo de la publicidad de discos de acetato y casetes, promocionados por las compañías Sonográfica y Sonorodven. Todavía no había llegado al país el famoso CD, y claro, no pude adquirir la fabulosa banda sonora de «Amadeus», ya que era algo muy intelectual para lo que bombardeaban los medios. Era la época de Turbo Hits o de la banda sonora de «Street of Fire», filme de Walter Hill ambientado en una época indefinida entre los 50 y 80. Confieso que «Amadeus» no fue de mi apetencia en esa época, tendría yo como 13 o 14 años y estaba más interesado en otros filmes, sin embargo, tuve que verla en una cinta de VHS copiada durante un compartir cinematográfico con mi familia. Había invitado a mi madre a que al menos la viera en TV y la dejó con muchas preguntas acerca del Requiem. 
Todo el mundo brincaba como Bill Murray con el tema de «Ghostbusters» y era necesario portar el casete en el Walkman o en reproductor portátil, el disco en el plato. Estaba reciente el viernes negro y el «uno por uno» permitió sacar de la oscuridad de los locales nocturnos a ídolos como Franco de Vita, Melissa, Ilan Chester y tantos otros. Ellos también participarían en bandas sonoras y hasta protagonizarían películas del cine venezolano como «Macho y Hembra» y «Anita Camacho» en el caso de Ilan, la famosa «Generación Halley» de Thaelman Urguelles donde Melissa canta y hace una aparición especial o «No hace falta decirlo» de Alejandro Padrón con la participación de Franco de Vita.
Era 1986, estaba en el liceo, y una de las primeras películas que fui a ver con un amigo fue Pelotón. Esta película, que lo tenía todo crítica, acción, drama y un joven y prometedor Charlie Sheen en la obra magna de Oliver Stone, podía complacer a todo público, adulto o adolescente, a pesar de la tendencia izquierdista de Stone está en mis favoritas y por supuesto la tengo en mi colección en formato Blue Ray. 
Recuerdo estar niño cuando estuvo de moda «Gente Corriente» de Robert Redford y haber leído una parodia en la revista Mad en español que era común en la época, era 1980, y después supe que este drama familiar había ganado el Óscar y se lo había arrebatado a la clásica de Scorsese «Toro Salvaje» dándole también el Óscar a Tymothy Hutton como mejor actor de reparto. 
En 1988 fui a ver «Rain Man», ese estupendo drama sobre el autismo con Dustin Hoffman y Tom Cruise que hizo ganar el Óscar a Hoffman que ya traía un equipaje de éxitos bastante particular desde la magnífica «El Graduado» pasando por «kramer vs. Kramer» otra ganadora del premio de la Academia a mejor película en 1979, año en que concluye la época maravillosa del disco y donde se escuchaba «El Caimán de Billos» como algo nuevo. Tom cruise venia de un bajón por la poco aclamada «Coctel» aunque debo decir que este filme me encanta, pero esa es otra historia. 
No puedo olvidar que en 1991 se estreno «El silencio de los inocentes», thriller de Jonathan Demme que ganó los Óscares principales. Igualmente, recuerdo haber corrido para ver «Forrest Gump» en 1994. Aunque la banda sonora de esta película contenía música de épocas pasadas, ya solo se podía conseguir en CD, el acetato había muerto, al menos aquí. Inspirado por la película salí del cine corriendo a otro cine a ver otra película «La Mascara». 
En fin, son muchas películas, muchas fechas, muchas referencias.  
Autor: 
LUIS STEELHEART 

Licenciado en Administración de Empresas. Ha participado en diferentes actividades de cine-foro principalmente en el Cine Club Charles Chaplin y en la Biblioteca Pública Pio Tamayo, además de realizar colaboraciones en diferentes actividades de cine en los lugares antes mencionados y otras instituciones como la Universidad Simón Rodríguez, el CIECA, la UPEL y el Liceo Lisandro Alvarado. Steelheart es un cinéfilo y coleccionista de artículos relacionados con el cine.


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La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. Iribarren Films, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.


Néstor Almendros: Un fantasma en La Habana


por Juan Antonio García Borrero
Cortesía de Progreso Semanal
  CAMAGUEY. En los últimos tiempos la historia del cine cubano se ha beneficiado con la publicación de determinados epistolarios y documentos privados que ayudan a entender esa práctica cultural, ya no como una armónica sumatoria de películas, autores, etc., sino como un proceso todo el tiempo dinámico donde, en el caso de los que hacen el cine, los individuos interactúan, sueñan, establecen alianzas o pelean entre sí, mientras consiguen hacer realidad o no sus creaciones. 
  A los conocidos libros de Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea, por mencionar apenas dos de los protagonistas más importantes que ha tenido la cinematografía del ICAIC, tendríamos que sumar ahora El arte de la nostalgia (1), preparado por la investigadora Dunia Grass Miravet, y que contiene buena parte de las cartas enviadas por Néstor Almendros (1930-1992) a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el período que va de 1963 a 1991, es decir, cuando ya ambos vivían fuera de la isla, y mostraban una abierta oposición a la ideología propugnada por el gobierno cubano. 
En la historiografía más usual referida al cine, casi siempre lo que va llevando el hilo conductor es un relato que el historiador (el narrador) arma a partir de lo que conoce de las películas, y los eventos que han tenido lugar alrededor de ellas. Sin embargo, la historia de las ideas y afectos que movilizaron a los individuos que se propusieron hacerlas, por lo general permanece en las sombras. 
  Los epistolarios de los cineastas, entonces, serían ventanas que el historiador puede usar para asomarse al interior de ese mundo del cual solo conocíamos la fachada. No es que las cartas revelen el mundo interior tal como es, debido a que, cuando uno escribe ese tipo de documento, también está afectado por los sesgos cognitivos que todos los humanos padecemos en nuestro accionar, pero lo que allí leemos ayuda a completar un cuadro histórico que antes aparecía inevitablemente mutilado, en virtud de las demandas políticas del relato oficial. 
  En «El arte de la nostalgia» vamos a encontrar, desde luego, la posición política de ambos interlocutores. Y dada la beligerancia del anticastrismo que los dos profesaron, pudiera pensarse que poca novedad podría encontrar el historiador. Sin embargo, es bueno recordar que un historiador, a diferencia de los políticos, no debe cultivar la simpatía, sino en todo caso, la empatía. 
  Con la empatía el historiador deja a un lado la obligación de comentar el malestar o la euforia que puedan provocarles las ideas de aquellos que examina. Lo suyo no es juzgar, ni resaltar que está de acuerdo o en desacuerdo con lo que digan sus fuentes, sino entender en toda su complejidad las circunstancias en que se movían los individuos en momentos históricos concretos, y el modo en que esos entornos, atravesados por fuerzas de todo tipo, podían afectarlos, al extremo de hacerlos pasar de una disposición afectiva favorable a otra que resulta su opuesta, como fue el caso de Almendros y Cabrera Infante, quienes en un inicio brindaron su apoyo a la Revolución de 1959 encabezada por Fidel Castro. 
  A diferencia de las cartas de Titón y Alfredo Guevara, donde uno detecta la angustia de quienes creyendo en el proyecto revolucionario no dejaron de someterlo a crítica (sobre todo Alea), las de Almendros y Caín son explícitas en el rechazo. Y, sin embargo, algo los sigue uniendo a la Isla: el recuerdo imborrable de La Habana y la cinefilia. 
  Y fue esa obsesión habanera la que devolvió a Néstor Almendros a la Isla en abril de 1979, apenas unos días después de haber recibido el 9 de ese mismo mes el Oscar a la mejor fotografía por Days of Heaven, de Terrence Malick. Si esta visita a Cuba ha sido poco divulgada por el exilio, se debe a que, de algún modo, rompe con la imagen del disidente que hasta el último momento combatió con todas sus energías el comunismo cubano. 
  Una cosa no tiene que ver con la otra, desde luego. Almendros jamás renunciaría a sus convicciones anticastristas, pero tampoco a la devoción que sentía por la Isla a la que había llegado desde su natal España con apenas 18 años, y sobre todo la devoción por su familia (la que le quedaba acá después de la muerte de su padre, el gran pedagogo Herminio Almendros). 
  Por eso le escribe el 1 de mayo de 1979, desde Miami, a Cabrera Infante y Miriam Gómez, quienes residían en Londres: 
  «Acabo de llegar de La Habana: ¡Tremendo! Mucho mucho que hablar, imposible hacerlo ahora, voy para Fiji en una semana de preparación y no volveré a París hasta el 10 de mayo al menos. 
  Ha sido muy emocionante. Abril no es el mes más cruel. No me puedo quejar. El Oscar y La Habana a la vez». 
  Allí estaba Almendros entusiasmado, después de muchos años, en esa misma Habana que Cabrera Infante, según él, logró retratar para la eternidad en «Tres Tristes Tigres» (escribe en una de las cartas dirigidas a Caín, fechada en 1967: «Ya nos podemos morir todos —los de nuestra generación en La Habana—, quiero decir que nos podemos morir con cierta consolación: aquellos días no se habrán perdido totalmente, no habrán pasado en vano. Tu libro los recoge fielmente y aún los sobrepasa convirtiendo gentes y lugares en puro mito»).
  La Habana que reencuentra Almendros en 1978 es una ciudad donde ya no estarán todos los amigos que crearon la primera Cinemateca cubana (Germán Puig, Ricardo Vigón), o se reunían al amparo de la Sociedad Cultural «Nuestro Tiempo», pero ello no impide que muchos lo busquen para saludarlo. «Los tres primeros días», anota en la carta, «estaba de incógnito dedicado enteramente a los míos hasta que fui turisteando a la Plaza de la Catedral. Luis Agüero me encuentra y me habla como si fuera un fantasma, enseguida se corrió la noticia como la pólvora. Así desfilaron sucesivamente Pablo Armando (Fernández), Olga Andreu, Héctor Pedreira, Alberto Roldán, Walfredo Piñera, etc, etc. Por suerte el ICAIC no intentó un acercamiento. Me evitaron una situación embarazosa». 
Cuando dos años después de la visita de Almendros a La Habana, la televisión cubana estrena The Blue Lagoon (1980), de Randal Kleiser, su crédito de fotógrafo fue suprimido.     Para los censores de entonces, sus méritos de artista consagrado no alcanzaban a salvarlo de la condición de fantasma sin derecho a nombre en Cuba, pero gracias al arte, Néstor Almendros siguió regresando a la Isla más vivo que nunca. 

(1) Dunia Gras Miravet. El arte de la nostalgia. Cartas de Néstor Almendros a Guillermo Cabrera Infante. Editorial Verbum, España, 2013, p 158. 

Fuente/Autor: 
Progreso Semanal