ISABEL CAROTO: «El cine me buscó a mí»


El cine y sus protagonistas (2016)

Se ha dicho muchas veces que las mujeres tienen una sensibilidad especial para el cine. Realizadoras, actrices, directoras de fotografía, productoras, difusoras, editoras, guionistas, etc., conforman una larga lista de mujeres cineastas. Sin embargo, muy pocas veces conocemos personas que desempeñen muchos roles dentro de la actividad cinematográfica. Para orgullo de Lara, en Barquisimeto contamos con una mujer polifacética y de una pasión tal que la convierten en una cineasta en el más amplio sentido de la palabra. Estamos hablando de Isabel Caroto.  

Isabel, eres egresada de la UCAB en letras y luego, entiendo, hiciste posgrado en cine y televisión. ¿Qué te llevo a dedicarte al cine? 
Fue una pasión que fue creciendo porque yo no busqué el cine, el cine me buscó a mí. Y se fue dando como por etapas en mi vida que yo considero azarosas y que marcaron definitivamente mi rumbo. Me encantaba la monumentalidad de esas imágenes que se me metían en el alma cada vez que iba al cine. Esa atracción me llevó a querer estudiar comunicación, porque no había para ese entonces ofertas académicas de realización cinematográfica pero no fui aceptada en la UCAB por la demanda y decidí estudiar letras -carrera que jamás había tenido como posibilidad- pero que después comprendí me permitiría tener una mejor formación para escribir guiones cinematográficos. El azar me llevó hasta allí. Mi segundo momento fue encontrar de manera casual unos estudios de especialización en cine y televisión que dictaba la Universidad José María Vargas. Enseguida me inscribí y allí conocí a profesores maravillosos y a quien sería después mi esposo Luis Girón. Quien sin duda alguna fue mi mentor y hasta providencial su aparición en mi vida. Ya él había fundado la escuela y al mudarme a Barquisimeto sus ideas también se hicieron las mías y juntos con un equipo maravilloso empezamos a escribir este pedacito de historia del cine en Lara. 

Se necesita mucha pasión para hacer todo lo que haces. Eres realizadora, docente y estás al frente del Festival de Cine de Barquisimeto. ¿Qué cosas relevantes nos puedes contar de cada faceta desempeñada? 
Si, pasión y voluntad inquebrantables. Han sido muchos los tropiezos pero cada faceta la disfruto enormemente sobre todo la de docente. Me nutro de la experiencia de los jóvenes, vibro con sus inquietudes y deseos. Enseñar es un trabajo que implica mucha responsabilidad porque uno es ejemplo ante ellos y cuando impartes materias que tienen que ver con lo creativo es mayor la exigencia porque debes facilitar conocimiento y a la vez infundirles mucha seguridad en lo valiosas que pueden ser sus ideas. Como realizadora aún creo que me falta mucho porque creo en la práctica y estudio constantes como secreto del éxito y las otras actividades me quitan tiempo para dedicarme exclusivamente a la realización. Es una faceta maravillosa y compleja porque te permite expresarte de otra manera, más íntima, más humana y más libre. Pero si el universo lo permite quiero el próximo año hacer algunos trabajos que he postergado. Y como organizadora del festival, siento cada vez mayor responsabilidad porque ya tiene doce años y la meta es que continúe por muchos años. No soy yo sola, hay todo un quipo valioso que ha estado conmigo prácticamente todas las ediciones -y aunque mucha gente maravillosa se ha tenido que ir- queda una generación de relevo enamorada de este proyecto que queremos mejorar cada vez más para convertirlo en referencia nacional y en un evento emblemático de la ciudad. No es fácil combinar las tres facetas -y otras- pero la vida ha sido generosa conmigo desde ese punto de vista y todas me producen felicidad. Estas facetas las combino también con la de pintar, que es una pasión recién descubierta que me encanta, con la de servir a la ciudad en lo que me necesite, como parte del Consejo Consultivo de la ciudad de Barquisimeto, como Coordinadora del Sistema Nacional de Festivales y Muestras de Cine en Venezuela y como una de las Directoras de la Fundación Larense para las Artes. 

Te especializas en la escritura de guiones como materia de enseñanza. De acuerdo a tu experiencia, ¿qué aspectos son más difíciles de enseñar y aprender con relación a la escritura de guiones? 
Definitivamente el espíritu que subyace en las historias. Tanto el que corresponde a la historia en si, como al desarrollo dramático de los personajes. Quizá podríamos definirlo como la atmósfera, esa especie de magia que no solo tiene que ver con ambos elementos historia y personaje sino con ese tema que se conecta contigo de manera definitiva. Es lo que está fuera de la historia y que por supuesto se complementa con una excelente dirección. 


Como realizadora te iniciaste escribiendo y dirigiendo Amábilis, una producción larense, y más reciente fuiste asistente de dirección en Carga Sellada de Julia Vargas, un filme boliviano hecho en coproducción con Venezuela y otros países. Como resultado de ambas experiencias, ¿qué aspectos consideras fundamentales debe tomar en cuenta en la actualidad un realizador para enfrentar un proyecto audiovisual? 
Aspectos a tomar en cuenta específicamente como realizador es el equipo de trabajo. Creo que es fundamental. Debes conformar un equipo que trabaje en sintonía con tus sueños y con tus deseos. Debes conocerlo, hacerlo parte de tu proyecto desde la idea hasta la puesta en escena. El cine como trabajo creativo y además colectivo, puede ser una experiencia maravillosa y en otros casos convertirse en un viacrucis. Por supuesto hay otros aspectos como el financiero pero el realizador le deja al productor ejecutivo esa enorme carga que significa conseguir los recursos completos para culminar la película. Enfrentarse a un proyecto audiovisual sin los recursos completos puede significar la ruina del director, de su equipo y de la película. 

El Festival de Cine de Barquisimeto es uno de los más antiguos del país. En la actualidad se celebran muchos festivales y muestras de cine. Con tantos eventos, ¿hacia dónde crees debe ser encausado el esfuerzo de estas actividades, más allá de promover y valorar la producción cinematográfica en Venezuela? 
A impulsar la formación cinematográfica por un lado y a motivar un mayor crecimiento de espectadores. Existen pocas escuelas de formación en el país y estos eventos han incentivado de alguna manera el interés de muchos jóvenes en incursionar en la realización cinematográfica. Mi experiencia en Lara me confirma que los festivales pueden ser plataformas importantes de impulso para lo académico. Hace años era impensable tener en las regiones directores, productores o guionistas reconocidos impartiendo talleres. Los festivales han llenado ese vacío y han estrechado esa brecha entre los hacedores de cine y las nuevas generaciones. También los festivales han permitido que la gente acceda a su cine, a sus creadores y lo sienta cercano. En consecuencia lo aprende a valorar, y lo incentiva a participar. Por ejemplo, en el recién finalizado festival lo experimenté y me emocionaba ver a la gente por ejemplo, acercándose a Miguel Ferrari para felicitarlo y para darle la bienvenida a la ciudad. Me pareció hermosísima esa conexión entre un hacedor de cine y sus espectadores. 

Finalmente, tú y tu esposo, Luis Girón, llevan muchos años trabajando en pro del desarrollo del cine larense. ¿Qué nuevos proyectos tienen en mente y cómo ves el futuro del cine en nuestra región? 
Proyectos siempre tenemos en mente, unos factibles otros no tanto. Pero soñar es parte de nuestra experiencia de vida, es nuestro oxígeno. Todo el equipo que conforma el CIECA está en constante innovación y en primera instancia nuestros proyectos siempre están enfocados en mejorar la escuela y ampliar su oferta académica. Asimismo, queremos -a pesar de la actual coyuntura económica- fortalecer el área de producción y desarrollar proyectos en el área de innovación tecnológica así como fortalecer el festival con otras propuestas programáticas. Sobre el futuro del cine en Lara, yo siempre soy optimista. Si bien enfrentamos una crisis que frena el desarrollo de nuevas iniciativas poco a poco se ha ido gestando un movimiento que no existía hace años. Queda mucho por hacer, mucho por enfrentar y mucho por labrar pero cada vez más hay más gente que quiere hacer cine, que cree en el cine como herramienta transformadora. Lara tiene talento humano excepcional y en ellos está depositada mi esperanza y mi certeza.

Entrevista: 
Guillermo Chávez 
Fotos cortesía de: 
Isabel Caroto 
Autor: 
Ramón Méndez

Anécdota imposible en Lo imposible


Cuando yo era chamo, en un San Felipe muy tranquilo de mi tranquilo y casi bucólico estado Yaracuy (bastante distintos a los actuales, por cierto) había en la sexta avenida con calle 11 un cine llamado Tropical, que tenía techo hasta la mitad de la sala y la pantalla estaba al aire libre. Recuerdo que al proyeccionista del Tropical lo llamaban con un sobrenombre: Capirulo. 
Una de las características del Tropical era que pasaba las películas más viejas que llegaban a la ciudad, lo que hacía que las cintas tuvieran algo dañadas las ranuras de transporte, por lo que la cremallera del proyector algunas veces trababa la película que -al estar en contacto con la lámpara de proyección- se quemaba, lo cual era perfectamente visible en la pantalla. 
Lo cierto era que cada uno de estos accidentes se los cobraba el público a Capirulo, haciendo especial énfasis en el recordatorio de su progenitora. Éste, que ya conocía a todos los asistentes al cine, solía identificar a sus agresores verbales y, desde arriba en su cuartucho de proyección, profería, a su vez, amenazas con nombre y apellido, lo que traía como consecuencia que los nombrados salieran casi al presentir la aparición de la palabra FIN o la frase THE END en la pantalla.

Todo, todo... muy a lo Cinema Paradiso. 

Y si llegaron hasta aquí con la lectura, sin fastidiarse, les comunico que recientemente (1), nada más y nada menos que en Box Cinema, del Centro Comercial Babilon en Barquisimeto me sucedió esta imposible experiencia viendo justamente Lo imposible, la película sobre el tsunami tailandés de 2004, protagonizada magistralmente por Naomi Watts. 
Fue toda una sorpresa ver la película detenida y la inconfundible imagen en pantalla de la cinta fundida por el intenso calor de la lámpara del proyector... y de repente: la obscuridad total de la sala. Volví muchos años atrás y casi por reflejo que grito: «Capirulo... c. de tu m.». No creo que el proyeccionista de esta sala de Box Cinema se sepa mi nombre. 

LA PELÍCULA
Es poco lo que puedo decir. «Lo imposible» es una película de desastres... con todos los ingredientes de una película de desastres: la fortaleza de algunos seres humanos; las debilidades, flaquezas y miserias de otros y, al final, la enseñanza moral que nos hace creer en el futuro. Ésta no abandona ese molde. Destacan, eso sí, la actuación de Naomi Watts, inmensa -al punto que opaca totalmente a Ewan McGregor- y los impresionantes efectos especiales, que son la carta de Hollywood para apostar al atractivo de las carteleras.

(1) Texto original publicado en febrero de 2013

Autor:
DOUGLAS JIMÉNEZ

Matemático, profesor universitario y experto en calentar butacas de salas cinematográficas; actividad algo disminuida en beneficio de los medios magnéticos. El cine como afición algo viciosa. 

Fuente: 

La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. Iribarren Films, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.

ANDREA RÍOS: «Para mí ser una cineasta va más allá de ser artista»



El cine y sus protagonistas (2016)
Luego del éxito logrado con Una mirada al mar en salas comerciales y la televisión nacional, regresa con una nueva producción cinematográfica la cineasta venezolana Andrea Rios. Próxima a estrenar su segundo largometraje, Azul como el cielo, Iribarren Films ha querido conversar con esta realizadora larense sobre distintos aspecto de su trabajo. 
Eres egresada de la Universidad Central de Venezuela en la especialidad de cine. ¿Qué te motivó a estudiar cine y qué significado tiene para ti, en este momento, ser una cineasta con una trayectoria ya definida? 
Recuerdo la primera película que me impactó y fue El Muro de Alan Parker. Estaba en primaria en el Instituto Inmaculada Concepción y fuimos juntas compañeras de salón y de otros colegios. A muchas no le gustó, quizás por prurito o porque no la entendieron. En todo caso a mi me fascinó. Luego otra que vimos juntas fue Nueve semanas y media y La última tentación de Cristo. Allí comencé a decidirme a estudiar Cine. 
Para mí ser una cineasta vas más allá de ser artista; tiene que ver con estar al servicio del público, estar en conexión con ese espectador imaginario o modelo que menciona Umberto Eco. El cineasta tiene que pensar en el público al que quiere llegar si pretende ser entendido. 
Cada proyecto cinematográfico es una nueva experiencia y un nuevo aprendizaje. ¿Qué aprendizaje te dejó Una mirada al mar y qué nuevas experiencias positivas tienes con tu segunda película Azul como el cielo
Una mirada al mar tiene su particularidad, fue y es un proyecto de la Villa del Cine. Me contrataron para dirigir una película con un guión que había escrito María Nela Alas y trabajamos a tres manos la versión final. Frank Baiz Quevedo y yo terminamos el guión final. Dicho esto, la Villa ofreció todo su equipo de planta y yo escogí a la directora de actores infantiles, Roxana Fernández, y al resto del elenco. Con «Azul como el cielo» las decisiones las tomábamos en conjunto con Javier Beltrán. El proyecto fue aprobado por el CNAC con la producción de Sudameris Cinema y en coproducción con Adolfo López y mi persona. Con Una mirada al mar aprendí a trabajar con un equipo totalmente nuevo para mí y un gran número de personas que hicieron posible el proyecto en ocho semanas de rodaje. Les agradezco a Lorena Almarza y Marco Mundarain el haber confiado en mí plenamente para llevar a feliz término la película; también a José Antonio Varela por el apoyo recibido desde la fase final de posproducción hasta su estreno. Retomando, esa experiencia tanto en la ejecución como en el planteamiento estético de la película me sirvió para Azul como el cielo; claro, la película es distinta, son proyectos diferentes. Cada una tiene su particularidad y búsqueda específica.   
    

Has tenido la oportunidad de trabajar con actores profesionales y no actores. ¿Cómo ha sido esa experiencia? ¿Qué nos puedes comentar con relación a tu fórmula para lograr la mejor interpretación posible de unos y otros? 
He trabajado con ambos tipos de actores desde mi primer trabajo cinematográfico. Fórmulas para dirigir actores hay muchas, no puedes quedarte con una sola escuela. En «Azul» trabajé con Carolina Riveros porque trabajar con actores «no actores» adolescentes si era mi primera experiencia, anteriormente lo había hecho con niños y niñas. Lo lúdico es la clave para el actor. Retornar y retomar lo lúdico con lucidez. Ese es el clic. Ensayo dirigido junto a improvisaciones dirigidas. Relacionamientos entre ellos y el equipo para observar cómo se comportan fuera del espacio del ensayo. 
En un artículo para La Mirada de HAL dabas tus recomendaciones con relación a la escritura de guiones. Si tuvieras que dar una recomendación única e importante, como en aquella escena de la película Adaptation donde Brian Cox (Robert McKee) le da consejos a Nicolas Cage (Charlie Kaufman) porque tiene problemas para escribir un guion; ¿cuál sería? 
En realidad Robert Mckee lo dijo todo en esa escena. En lo personal creo que siempre hay momentos difíciles a la hora de escribir cualquier punto del guión. Creo que la investigación de campo es crucial para el desarrollo de toda la historia. La escena crisis y clímax como la inicial y la final son importantísimas. Insisto, haz una buena y exhaustiva investigación de tu historia y personajes; allí encontrarán las respuestas. 
Como comentabas, en tu primer largometraje la historia original fue escrita por María Nela Alas y en Azul como el cielo el guion lo escribiste tú. ¿Cómo te sientes en el rol de guionista, es decir, lo asumes cómo una especialidad? ¿Podrías escribir guiones para otros realizadores o solo escribes para ti misma? 
Siempre lo he asumido como una especialidad. Me han propuesto escribir para otros pero aún no se ha concretado. 
  

Perteneces a la nueva generación de cineastas que está retomando las salas de cine del país con nuevas producciones, variadas temáticas y un deseo de encontrarse con ese público que hizo de nuestro cine un boom en tiempos pasados. Desde tu punto de vista, ¿cuáles son los retos que debe asumir tu generación para lograr un crecimiento sostenido de nuestro cine? 
Estudiar y prepararse continuamente en todas las áreas. 
Eres larense y vives en Barquisimeto, sin embargo, has producido tus películas en otras partes del país. ¿Te has planteado la posibilidad de hacer en el futuro una película en nuestra región? 
¡Claro! Vamos a ver si se da. 
Estas a punto de estrenar tu segundo largometraje, ¿Cuáles son tus expectativas con relación a la película? ¿Con qué se va encontrar el público al ver Azul como el cielo?
Todas y ninguna. La película una vez proyectada ya no le pertenece al autor. Y bueno, me gustaría que el público fuera receptivo. Pero la polémica también es buena. 
Con respecto a la interrogante final, se van a encontrar más con una pregunta que con una respuesta. Es un drama y una comedia a la vez, esperemos que nuestro público se apropie de la película.

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Entrevista: 
Guillermo Chávez 
Fotos cortesía de:
Andrea Ríos
Autora: 
Carolina Valecillos

Donde la palabra carece de sentido


Del cine tradicional se apoderó un terror al vacío: que no ocurra nada frente a cámara, que nadie hable en escena. Abundan los filmes parlanchines y de acción. Personajes acontecidos que hablan mucho sobre lo que les acontece. Estamos tan ansiosos de «contar(nos)»; que pareciera que hemos olvidado que el cine es la extraña pero fantástica unión, de imágenes y sonido. Lo que no implica, siempre y porque sí, acciones y palabras.

Pero existe otro cine. Uno poblado de seres a los que poco les pasa y que han perdido la capacidad de expresarse. Un cine donde la palabra carece de sentido, pues es sólo comentario; donde nuestras acciones no impactan, más allá de nuestra desvanecida subjetividad. Ese cine observa con distancia a sus personajes, imposibilitado de penetrar en sus pensamientos y nos muestra un mundo desolado. Por eso es un cine que no le teme al vacío: al vacío del espacio, donde nada se acciona; ni al vacío que produce el silencio. Es un cine desolado, deshabitado. Como son las ciudades, cuando las observamos con detenimiento. 

En ese otro cine se inscribe el filme de Lorenzo Vigas. Una cotidiana historia entre un hombre solterón, incapaz de relacionarse con el exterior más allá de la contemplación; y un joven deseoso de ser visto y quizá hasta de ser amado. Y desde esa contemplación de su protagonista, Vigas construye el relato con base en ausencias. Una cámara casi siempre frontal y fija, que rehuye del primer plano; diálogos mínimos, como si no hubiese la posibilidad de explicar nada; ausencia del personaje en cuadro, dejándonos en el espacio que una vez ocupó; falta total de música extradiegética y un uso parco de los recursos de montaje: corte franco y directo. Esta parquedad también tiene su expresión en la narración. Poco sabemos del pasado de Armando y Elder; y nada importan sus futuros. Asistimos tan sólo a los pocos momentos del (des)encuentro entre ambos. Es, como su título indica, una mirada desde allá. Desde las afueras de la acción; afuera de los personajes que poco hacen, porque dejan que la vida les haga; más allá de las palabras, que han perdido sentido. 

Pero contradictoriamente, la poca intervención del director, que está situado allá y desde allá es que mira a esos seres, a esa ciudad, y a esa extraña forma de relacionarnos que algunos seres tenemos; se hace una intervención potente, una presencia constante, como el mirón que está detrás de la puerta, aunque nosotros no lo sepamos. Mientras sus personajes desaparecen y cumplen el sueño de varios personajes literarios; Vigas le grita al espectador: «Aquí estoy», «Soy el mirón que todos quieren ser». «Soy el escritor que se esconde detrás de Bernardo Soares, Rosario Girondo, o el desnombrado K». 

Sin embargo, una se alegra de ver propuestas como ésta, arriesgadas. Pero también se preocupa al ver que la fórmula se repite cada vez más. Y así como estamos saturados de los manidos códigos del cine tradicional; quizá pronto se nos haga cansino ver como este otro cine va repitiéndose, más allá de sus autores y procedencias. 

Nota al pie 
No me dejan de asombrar, los títulos internacionales del filme: Caracas, eine Liebe (Caracas, un amor en alemán), o Les amants de Caracas (Los amantes de Caracas en francés), o Ti Guardo (Te miro en italiano, quizá el más cercano al título original). No porque la historia no tenga un «amor» entre sus redes; o porque no esté presente la relación homosexual entre los protagonistas; sino más bien, por la comercialización internacional que de nuestras obras premiadas en los últimos años se ha hecho. Cuando veo estos títulos y recuerdo que Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari) se llama en inglés My straight son (Mi hijo heterosexual, algo que contradice totalmente lo que para esta servidora es el espíritu del filme); me entra una urticaria al pensar que desde allá anden pensando, que «al fin» hemos salido del clóset de la moralidad y las moralinas. Cuando nuestra cinematografía, con excepciones que siempre confirmarán la regla, ha abordado éste y otros temas, con honestidad y un alma descarnada. Como homenaje, sólo voy a citar a Walerstein. 

Ficha técnica 
Desde allá, Lorenzo Vigas, Venezuela-México, 2015. Guión: Lorenzo Vigas; basado en una historia de Lorenzo Vigas y Guillermo Arriaga; Producción Ejecutiva: Edgar Ramírez, Gabriel Ripstein; Producción: Lorenzo Vigas, Guillermo Arriaga, Rodolfo Cova, Michel Franco; Dirección de Fotografía: Sergio Armstrong; Edición: Isabela Monteiro de Castro; Actúan: Alfredo Castro y Luis Silva. Sobre el director. Vigas nació en Mérida (Venezuela) en 1967. Es hijo del pinto pintor Oswaldo Vigas. Se graduó de biología molecular en los Estados Unidos, y fue solo cuando iba a cumplir 30 años que decidió estudiar cine en la Universidad de Nueva York. Trabajó en Bolívar Films, Cinesa y en México; haciendo documentales y cuñas de publicidad, hasta que dirigió su primer corto Los elefantes nunca olvidan, que fue presentado en Cannes en 2004. También dirigió el documental El Vendedor de Orquídeas, aún por estrenar.

Autora:
PATRICIA KAISER

guionkaiser@gmail.com 
elojodelpezglobo.blogspot.com

Docente, investigadora y crítico audiovisual. Especialista en Gestión y Desarrollo de Proyectos y Emprendimientos Audiovisuales. Como gerente cutural ha trabajado en la Cinemateca Nacional, Amazonia Films, CNAC y Villa del Cine. Actualmente es docente en UNEARTE.

La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. Iribarren Films, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.

Una película, una época


Me di cuenta en estos días que siempre ponemos algo constante y a la vez cambiante como referencia a alguna época de nuestra vida. Y casualmente, en una tertulia con amigos hice referencia a una película para responder a la pregunta: ¿qué hacíamos en 1990? Yo respondí; bueno, la gente iba a la recién inaugurada Café 90 y al cine a ver «Danza con Lobos». Esta maravillosa película de Kevin Costner hacía referencia a ese momento y esto me puso a pensar si hay películas ganadora del Óscar que sirvan como referencia en épocas determinadas. Creo que sí, al menos en mi caso, porque es cosa de todos los años. 
Recuerdo que no hace mucho había dejado de trabajar en una empresa, me habían dado las prestaciones y compré el DVD de «The Hurt Locker»», ganadora del Óscar de 2010 dirigida por Kathryn Bigelow, la cual le arrebato el premio a «Avatar»; no sé pero creo que ninguna de las dos me gustó para el Óscar de ese año. Ya por esa época era común y hasta obligatorio estar en una red social como Facebook y Twitter lo cual cambio la vida de toda una generación, permitiendo interactuar con amigos y personajes que serian muy difíciles de contactar en la vida real. Era el comienzo de un nueva era.
También viene a mi memoria cuando se estreno en 1993 «La Lista de Schindler», obra maestra de Steven Spielberg, alguno de mis amigos y vecinos adolescentes contaban lo emocionante e impactante de las crudas escenas: «viste como le tronaban la cabeza a esos prisioneros». Igualmente recuerdo que en 1993 fue la época del atentado de las torres gemelas con un camión bomba provocando la muerte de 6 personas, la película «Top Dog» protagonizada por el ídolo de las artes marciales Chuck Norris tuvo mal recibimiento ya que al comienzo de la misma ocurre un atentado similar; al parecer al público le dio un mal sabor de boca ver algo parecido en la pantalla grande. Esta película, una comedia de acción de la llamada «Clase B», había debutado en primer lugar de taquilla en su primera semana y decayó terriblemente. Era solo el comienzo de la terrible era del terrorismo que luego llegaría a su máxima expresión en septiembre del 2001. 
En 1998 estabas pendiente del mundial de fútbol Francia 98 o de la película «Titanic» que estaba en cartelera y por su extensa duración solo se presentaba en dos funciones, una muy temprano y otra muy tarde. La pude ver ya después de terminar las pasantías. Esquivé la posibilidad de verla en videocopia ya que era inevitable disfrutarla en el cine, al menos la primera vez. En cambio, me di un maratón para ver «Good Hill Hunting» con los, para entonces, poco conocidos Matt Damon y Ben Afleck, junto al ganador del Óscar Robin Williams. Este estupendo filme de Gus Van Sant le siguió de cerca a Titanic. No tengo que decir como cambiaron las cosas en nuestro país a partir de diciembre de 1998; parece increíble que ya hayan pasado casi 20 años. 
Si me voy más atrás, a los 80, recuerdo que «Amadeus», la espectacular película de Miloš Forman, duró bastante en las carteleras cinematográficas. Este filme de 1984 fue estrenado en el apogeo de la publicidad de discos de acetato y casetes, promocionados por las compañías Sonográfica y Sonorodven. Todavía no había llegado al país el famoso CD, y claro, no pude adquirir la fabulosa banda sonora de «Amadeus», ya que era algo muy intelectual para lo que bombardeaban los medios. Era la época de Turbo Hits o de la banda sonora de «Street of Fire», filme de Walter Hill ambientado en una época indefinida entre los 50 y 80. Confieso que «Amadeus» no fue de mi apetencia en esa época, tendría yo como 13 o 14 años y estaba más interesado en otros filmes, sin embargo, tuve que verla en una cinta de VHS copiada durante un compartir cinematográfico con mi familia. Había invitado a mi madre a que al menos la viera en TV y la dejó con muchas preguntas acerca del Requiem. 
Todo el mundo brincaba como Bill Murray con el tema de «Ghostbusters» y era necesario portar el casete en el Walkman o en reproductor portátil, el disco en el plato. Estaba reciente el viernes negro y el «uno por uno» permitió sacar de la oscuridad de los locales nocturnos a ídolos como Franco de Vita, Melissa, Ilan Chester y tantos otros. Ellos también participarían en bandas sonoras y hasta protagonizarían películas del cine venezolano como «Macho y Hembra» y «Anita Camacho» en el caso de Ilan, la famosa «Generación Halley» de Thaelman Urguelles donde Melissa canta y hace una aparición especial o «No hace falta decirlo» de Alejandro Padrón con la participación de Franco de Vita.
Era 1986, estaba en el liceo, y una de las primeras películas que fui a ver con un amigo fue Pelotón. Esta película, que lo tenía todo crítica, acción, drama y un joven y prometedor Charlie Sheen en la obra magna de Oliver Stone, podía complacer a todo público, adulto o adolescente, a pesar de la tendencia izquierdista de Stone está en mis favoritas y por supuesto la tengo en mi colección en formato Blue Ray. 
Recuerdo estar niño cuando estuvo de moda «Gente Corriente» de Robert Redford y haber leído una parodia en la revista Mad en español que era común en la época, era 1980, y después supe que este drama familiar había ganado el Óscar y se lo había arrebatado a la clásica de Scorsese «Toro Salvaje» dándole también el Óscar a Tymothy Hutton como mejor actor de reparto. 
En 1988 fui a ver «Rain Man», ese estupendo drama sobre el autismo con Dustin Hoffman y Tom Cruise que hizo ganar el Óscar a Hoffman que ya traía un equipaje de éxitos bastante particular desde la magnífica «El Graduado» pasando por «kramer vs. Kramer» otra ganadora del premio de la Academia a mejor película en 1979, año en que concluye la época maravillosa del disco y donde se escuchaba «El Caimán de Billos» como algo nuevo. Tom cruise venia de un bajón por la poco aclamada «Coctel» aunque debo decir que este filme me encanta, pero esa es otra historia. 
No puedo olvidar que en 1991 se estreno «El silencio de los inocentes», thriller de Jonathan Demme que ganó los Óscares principales. Igualmente, recuerdo haber corrido para ver «Forrest Gump» en 1994. Aunque la banda sonora de esta película contenía música de épocas pasadas, ya solo se podía conseguir en CD, el acetato había muerto, al menos aquí. Inspirado por la película salí del cine corriendo a otro cine a ver otra película «La Mascara». 
En fin, son muchas películas, muchas fechas, muchas referencias.  
Autor: 
LUIS STEELHEART 

Licenciado en Administración de Empresas. Ha participado en diferentes actividades de cine-foro principalmente en el Cine Club Charles Chaplin y en la Biblioteca Pública Pio Tamayo, además de realizar colaboraciones en diferentes actividades de cine en los lugares antes mencionados y otras instituciones como la Universidad Simón Rodríguez, el CIECA, la UPEL y el Liceo Lisandro Alvarado. Steelheart es un cinéfilo y coleccionista de artículos relacionados con el cine.


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La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. Iribarren Films, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.


Néstor Almendros: Un fantasma en La Habana


por Juan Antonio García Borrero
Cortesía de Progreso Semanal
  CAMAGUEY. En los últimos tiempos la historia del cine cubano se ha beneficiado con la publicación de determinados epistolarios y documentos privados que ayudan a entender esa práctica cultural, ya no como una armónica sumatoria de películas, autores, etc., sino como un proceso todo el tiempo dinámico donde, en el caso de los que hacen el cine, los individuos interactúan, sueñan, establecen alianzas o pelean entre sí, mientras consiguen hacer realidad o no sus creaciones. 
  A los conocidos libros de Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea, por mencionar apenas dos de los protagonistas más importantes que ha tenido la cinematografía del ICAIC, tendríamos que sumar ahora El arte de la nostalgia (1), preparado por la investigadora Dunia Grass Miravet, y que contiene buena parte de las cartas enviadas por Néstor Almendros (1930-1992) a Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en el período que va de 1963 a 1991, es decir, cuando ya ambos vivían fuera de la isla, y mostraban una abierta oposición a la ideología propugnada por el gobierno cubano. 
En la historiografía más usual referida al cine, casi siempre lo que va llevando el hilo conductor es un relato que el historiador (el narrador) arma a partir de lo que conoce de las películas, y los eventos que han tenido lugar alrededor de ellas. Sin embargo, la historia de las ideas y afectos que movilizaron a los individuos que se propusieron hacerlas, por lo general permanece en las sombras. 
  Los epistolarios de los cineastas, entonces, serían ventanas que el historiador puede usar para asomarse al interior de ese mundo del cual solo conocíamos la fachada. No es que las cartas revelen el mundo interior tal como es, debido a que, cuando uno escribe ese tipo de documento, también está afectado por los sesgos cognitivos que todos los humanos padecemos en nuestro accionar, pero lo que allí leemos ayuda a completar un cuadro histórico que antes aparecía inevitablemente mutilado, en virtud de las demandas políticas del relato oficial. 
  En «El arte de la nostalgia» vamos a encontrar, desde luego, la posición política de ambos interlocutores. Y dada la beligerancia del anticastrismo que los dos profesaron, pudiera pensarse que poca novedad podría encontrar el historiador. Sin embargo, es bueno recordar que un historiador, a diferencia de los políticos, no debe cultivar la simpatía, sino en todo caso, la empatía. 
  Con la empatía el historiador deja a un lado la obligación de comentar el malestar o la euforia que puedan provocarles las ideas de aquellos que examina. Lo suyo no es juzgar, ni resaltar que está de acuerdo o en desacuerdo con lo que digan sus fuentes, sino entender en toda su complejidad las circunstancias en que se movían los individuos en momentos históricos concretos, y el modo en que esos entornos, atravesados por fuerzas de todo tipo, podían afectarlos, al extremo de hacerlos pasar de una disposición afectiva favorable a otra que resulta su opuesta, como fue el caso de Almendros y Cabrera Infante, quienes en un inicio brindaron su apoyo a la Revolución de 1959 encabezada por Fidel Castro. 
  A diferencia de las cartas de Titón y Alfredo Guevara, donde uno detecta la angustia de quienes creyendo en el proyecto revolucionario no dejaron de someterlo a crítica (sobre todo Alea), las de Almendros y Caín son explícitas en el rechazo. Y, sin embargo, algo los sigue uniendo a la Isla: el recuerdo imborrable de La Habana y la cinefilia. 
  Y fue esa obsesión habanera la que devolvió a Néstor Almendros a la Isla en abril de 1979, apenas unos días después de haber recibido el 9 de ese mismo mes el Oscar a la mejor fotografía por Days of Heaven, de Terrence Malick. Si esta visita a Cuba ha sido poco divulgada por el exilio, se debe a que, de algún modo, rompe con la imagen del disidente que hasta el último momento combatió con todas sus energías el comunismo cubano. 
  Una cosa no tiene que ver con la otra, desde luego. Almendros jamás renunciaría a sus convicciones anticastristas, pero tampoco a la devoción que sentía por la Isla a la que había llegado desde su natal España con apenas 18 años, y sobre todo la devoción por su familia (la que le quedaba acá después de la muerte de su padre, el gran pedagogo Herminio Almendros). 
  Por eso le escribe el 1 de mayo de 1979, desde Miami, a Cabrera Infante y Miriam Gómez, quienes residían en Londres: 
  «Acabo de llegar de La Habana: ¡Tremendo! Mucho mucho que hablar, imposible hacerlo ahora, voy para Fiji en una semana de preparación y no volveré a París hasta el 10 de mayo al menos. 
  Ha sido muy emocionante. Abril no es el mes más cruel. No me puedo quejar. El Oscar y La Habana a la vez». 
  Allí estaba Almendros entusiasmado, después de muchos años, en esa misma Habana que Cabrera Infante, según él, logró retratar para la eternidad en «Tres Tristes Tigres» (escribe en una de las cartas dirigidas a Caín, fechada en 1967: «Ya nos podemos morir todos —los de nuestra generación en La Habana—, quiero decir que nos podemos morir con cierta consolación: aquellos días no se habrán perdido totalmente, no habrán pasado en vano. Tu libro los recoge fielmente y aún los sobrepasa convirtiendo gentes y lugares en puro mito»).
  La Habana que reencuentra Almendros en 1978 es una ciudad donde ya no estarán todos los amigos que crearon la primera Cinemateca cubana (Germán Puig, Ricardo Vigón), o se reunían al amparo de la Sociedad Cultural «Nuestro Tiempo», pero ello no impide que muchos lo busquen para saludarlo. «Los tres primeros días», anota en la carta, «estaba de incógnito dedicado enteramente a los míos hasta que fui turisteando a la Plaza de la Catedral. Luis Agüero me encuentra y me habla como si fuera un fantasma, enseguida se corrió la noticia como la pólvora. Así desfilaron sucesivamente Pablo Armando (Fernández), Olga Andreu, Héctor Pedreira, Alberto Roldán, Walfredo Piñera, etc, etc. Por suerte el ICAIC no intentó un acercamiento. Me evitaron una situación embarazosa». 
Cuando dos años después de la visita de Almendros a La Habana, la televisión cubana estrena The Blue Lagoon (1980), de Randal Kleiser, su crédito de fotógrafo fue suprimido.     Para los censores de entonces, sus méritos de artista consagrado no alcanzaban a salvarlo de la condición de fantasma sin derecho a nombre en Cuba, pero gracias al arte, Néstor Almendros siguió regresando a la Isla más vivo que nunca. 

(1) Dunia Gras Miravet. El arte de la nostalgia. Cartas de Néstor Almendros a Guillermo Cabrera Infante. Editorial Verbum, España, 2013, p 158. 

Fuente/Autor: 
Progreso Semanal

Séraphine: un canto de la naturaleza tejida a un alma humana


Dijo una vez Paul Gauguin, pintor posimpresionista (1848-1903): «No necesitas ninguna escuela. La escuela es la naturaleza». El filme «Séraphine» de Martín Provost distingue ese contenido sobre la vida artística de Séraphine Louis, pintora de la corriente Naif, ingenua; o más bien primitivismo, como expresó el marchante y crítico de arte Wilhelm Uhde, personaje caracterizado por Ulrich Tukur en dicha película. 

Los Naif son artistas autodidactas que realizan su obra bajo una intuición espontánea, no son académicos. Elementos como la perspectiva, las proporciones de objetos y cuerpo humano les son indiferentes. Están cargados más bien de fantasía y emoción, sus pinturas son detallistas, pulcras, líricas, simulando a veces el desprejuicio de la pintura infantil.

Como típica película francesa o mayormente de Francia hacia el norte de Europa, posee escenas lentas, sin diálogos, donde el silencio, la imagen o gestos de las actuaciones hablan. Nunca se hace tediosa, aquí más bien esa lentitud agrada. 

La dirección artística es formidable entre los colores fríos, el claro oscuro o penumbras de algunos espacios de interiores. Toda una maestría en ello y en la fotografía. 

Genial es la manera primitiva como Séraphine elabora sus pinturas, todo como su gran secreto, en una mujer supuestamente ignorante del conocimiento intelectual del arte, pero con la mejor sabiduría de la naturaleza al tocar con amor los árboles, abrigar el viento, hablar con el agua y los insectos para quitar la tristeza, demostrando tener una gran sensibilidad y captación de la aflicción humana. 

El destello de su alma hace que ella despliegue un torrente de formas y colores en contra de la pobreza en que vive, desarrollando una obra maravillosa y realizando un cántico religioso al casi terminar la obra, donde expresa: «La pintura se ama de otra manera».

Udeh al descubrir la gran artista que es, la saca del anonimato y de su oficio de servicio y lavandera. 

El otro drama es el de su lucha y entrega al arte, en su ternura e ingenua espiritualidad, donde tiene lucubraciones y voces de ángeles o el brillo celestial guía lo que debe pintar, hasta que llega a la locura inminente accionada por su decepción, al no lograr el gran sueño y ofrecimiento de exponer en París junto a Rousseau, Picasso, Braque y otros grandes, debido a la gran crisis europea del momento.

Todas estas características las logra el filme de Provost. No en vano obtuvo 7 premios César (Oscar del cine francés), incluido el premio a Yolande Moreau por su actuación, que nos llena de ternura, preocupación y es cautivante de principio a fin. El guion es consistente. Y el final del filme, en un plano general, es como ver una pintura impresionista que se mueve donde Séraphine disfruta de la creación divina, aún en su lamentable locura. Así que, arte y vida se conjugan en esta obra cinematográfica con ese equilibrio que debe existir entre espíritu y materia. 

Autor: 
HENRY LARA CASTELLANO 

Artista Plástico. Licenciatura en Educación (Arte) Universidad Simón Rodríguez. TSU en Diseño Civil (Instituto Universitario de Tecnología Región Capital) 1989. Realizó estudios de Arte Puro en la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas (Caracas). Estudios en talleres de cine del CONAC y Laboratorio Abigaíl Rojas (años 80). Artículos de Arte, en la Sección de Cultural de la Revista Sambil 2006 al 2010, Artículos en la Revista de Cine “Moviola” y “Cinerama”, Ilustrador y artículos en el diario dominical del diario “Ultimas Noticias” 1990-1994. Profesor de Dibujo Analítico e Historia del Arte en diversas instituciones de Diseño en Caracas (Años 90). 

La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. Iribarren Films, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.

La imagen trashumante en la actuación cinematográfica


«La comprensión hará que un actor perciba adecuadamente
y la sensibilidad lo obligará a hacerlo con sentimiento».

Konstantin Stanislavski

El uso de la imagen en el cine no escapa de la ritualización que pretende o presupone el exponer un contenido en términos simbólicos con una intencionalidad y que se va procesando desde el guión, tal cual ocurre cuando, en términos artísticos teatrales, se busca la puesta en escena con todo su artilugio y poderío. 

En el viaje de realizar un producto audiovisual, la metamorfosis de la imagen es algo impredecible y sensacional. Partamos de la imagen literaria que despierta el universo creativo para la dirección fílmica; un entretejido que va disparando elaboraciones desde el texto hasta la fuente vivencial del creador (director, actriz, productores) generando un maridaje que entra en conciliación más que amistosa, algunas veces y en otras se hace presente una suerte de cirugía sobre lo ya creado que va dándole paso, en medio de cierta sensación de pérdida e incertidumbre a esa especie que se denomina VERSION, siempre en la búsqueda de lo concreto, de la materialización, denominada REALIZACION: ese accionar que persigue a la imagen como un fin. 

La imagen inscrita en el guión cinematográfico, subjetiva siempre, pasa también por el tamiz de actores y actrices. Si hablamos de puesta en escena, al momento en que la producción y la dirección eslabonan el diseño técnico por el cual una escena va a ser ejecutada, la caracterización de los personajes busca su rumbo y aporta matices desde el trabajo actoral en contenidos cuyo procesamiento acude a un llamado de unidad de objetivo dramático que apuntala la dirección escénica. 

Es bien sabido que en el teatro se apoya la construcción de los personajes y su desenvolvimiento dentro de la unidad orgánica de la imagen dramática, mediante una metodología detallada en ensayos que se va trastocando en ritmo y conjunto visual-auditivo más allá de la imagen y del símbolo. En consecuencia, el trabajo de caracterización es asumido como propio por parte de actores-actrices en el sentido de presencia física y mental sobre el escenario, dando proyección (imagen) desde su interioridad como unidad de sentimiento y comprensión del papel. 

¿Y cómo hacemos en el cine para proporcionar ayuda técnica a quienes representan personajes siendo este un trabajo de compleja resolución? 
Si respondemos con franqueza, debemos admitir que esa ayuda cuando es proporcionada, es en muchos casos, de un carácter excesivamente superficial. No obstante y a pesar de que algunos directores declaran públicamente que su interés abarca con predominio el trabajo final en el cual la preparación de los actores no es una variable que tenga mayor peso, existen en nuestro país, intentos de darle una respuesta mediante la experimentación y la apertura en la mirada desde la cámara. 

En una producción fílmica, por modesta que sea, que incluya el trabajo de actores- actrices, se debe asegurar una dimensión de los personajes por parte de cada actor-actriz y posteriormente garantizar en forma preliminar el ensayo necesario en el sentido de conectar la imagen hallada en el trabajo de mesa con su expresión externa, siendo este punto un quiebre para abordar la transformación de la imagen literaria en imagen viva, verosímil y cinematográfica. 

Cuando el actor no haya sido tomado en cuenta desde su proceso creativo, cuando no se haya propiciado una dimensión del conjunto, es decir, de la conciencia de Ser del personaje y se incurriera en el evento de hacer simulacros de ensayos previos a cada toma sin que el actor-actriz traiga a la conciencia el devenir del personaje, será imposible que ocurra la magia de obtener una caracterización con calidad y en contexto con la unidad de imagen que se pretenda desde la silla del Director. Un actor cinematográfico debe entender que un fragmento de panorama o de algún fenómeno que preceda o suceda a la parte en que está su actuación, entrará sin duda como componente en la línea de su imagen, tal como será captada por el público espectador. 

Observamos entonces, cómo la imagen trashumante, se trasunta, se transmuta, se permuta y adquiere una condición holística en cuanto a que el TODO es superior a la suma de sus partes y mucho mas acuciosa esta verdad, si hablamos de la imagen editada, aspecto medular del arte cinematográfico que marca la gran diferencia con el arte teatral. Más allá de no sentir la cercanía del público y su aplauso hacia lo bueno y feliz y su frío repudio por lo equivocado, el actor fílmico sólo cuenta con la atención pormenorizada del Director, único testigo coherente respecto al trabajo actoral y su discurso durante el rodaje de una película, de ahí que la soledad del actor durante la toma de las escenas descansa sobre este (el Director). Por esta razón aquí también, al igual que en Teatro, el actor debe creer en quien le dirige, no nada más como un teorista, una guía, un conocedor del camino sino que el Director debe ser un delegado sensible del futuro espectador que se admira o contraría de acuerdo a lo que se va desarrollando así como propiciador de un respeto profundo por el acto histriónico, que es, en definitiva, el hallazgo más poderoso y transformador dentro de la unidad de filmación.  
 
Una imagen fílmica, referida al trabajo actoral es aquella retenida y fijada de una vez y para siempre en la película; una visión óptima y final del producto de un trabajo que ha sido amarrado en el transcurso de su proceso de acercamiento y creación a otro estadio de corte liberal, pragmático y técnico de acabado «perfecto». Lo cinematográfico como imagen-producto demanda, del actor de cine, preparación basada en el conocimiento de cómo explotar en forma consciente las posibilidades de las tomas desde diferentes ángulos, con intencionalidad definida respecto a la formación externa de su papel, además de una clara consideración de su aporte y colocación dentro de la composición espacial y de la edición total del filme, para que pueda comprender y proyectar, en consecuencia, las razones y los sentires más profundos del personaje. Para lograr atrapar mientras es atrapado por la toma definitiva, la que queda, la que conforma el conjunto en imagen editada de película, la que se estrena y luego entre muchas copias va a las redes, llega a las cinematecas y puede ser que, alcance los festivales nacionales e internacionales. 

Autora: 
FRANCIA ORTIZ 

Nacida en Barquisimeto (1962),  actriz de teatro y cine. Docente teatral en las aéreas de actuación y expresión corpo-vocal. Dramaturga con acercamientos al guion cinematográfico. Ha participado en el trabajo de producción cinematográfica en cortometrajes y videos. Es directora del Taller Integral de Formacion Teatral de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado de Barquisimeto. Poeta con publicaciones en revistas y páginas literarias y los libros: Cuentos Cortos (1987), La que va conmigo (2007) y El árbol que espera (sin publicar). Es licenciada en Administración Comercial (1995) con una maestría en docencia universitaria (2005) y diplomado en animación sociocultural (2007). Es facilitadora desde el 2002 del Taller Libre de Yoga de la UCLA.

La Mirada de HAL es un espacio de opinión sobre cine. El blog de Iribarren, como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, ofrece este medio para el planteamiento y la discusión de ideas con relación al séptimo arte. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente del autor.

Preparándose para una noche de placer cinematográfica


Cuando el reloj marcaba las siete en punto, mi padre, Juan Arcadio Rodríguez acostumbraba a decir y cuando no a reclamar las delicias de su cena. Como de costumbre Nelly, la maga de la cocina, se encargaría de calentarle su sopa de verduras, la cual acompañaba con unas tajadas, queso blanco en rebanadas, una rica ensalada criolla y el infaltable suero con arepas que al agarrarlas para despedazarlas echarían humo.
Esa noche no habría invitados a la función de cine en su sala privada casera. Alguna que otra los había cuando le llegaba una joya o un clásico del cine francés, alemán o español. El material que le enviaban directamente de las embajadas de estos países europeos era en 16 mm. Mi padre, con todo su ingenio y creatividad había convertido uno de los cuartos de la casa en una cómoda sala de cine. En el cabían sus cuatro o cinco de mejores amigos e invitados especiales. Había comprado una tela blanquísima y con ella diseño una super pantalla para películas en formato cinemascope y planas.
La hora de comienzo era a las siete y treinta en punto, si se atrasaba algunos minutos era por razones ajenas a su voluntad, o porque alguno de los invitados llegaba retrasado. La película como era rutinario había sido revisada técnicamente el mismo día u horas antes por su asistente Nerio Castejón.
Como buen hombre orquesta, mi propio padre a veces se encargaba de chequearle las colas, si estaba en buen estado y si estaba derecha -rebobinada y lista para la proyección-. En ésto era también muy estricto. Al celuloide lo trataba y cuidaba tanto o más que a sus gatos y sus discos de música clásica.
En cuestión de dos minutos enhebraba la película en el viejo pero eficiente proyector portátil Eiki japonés. Estos eran los caballitos de batalla; y como aguantaron miles y miles de proyecciones por prácticamente todo el territorio del estado Lara.
Silencio absoluto, la película estaba arrancando. Aparecían los créditos y todos listos para el deleite audiovisual. No pasarían media hora sin que hiciera su aparición su mascota preferida, el gato gemí siamés “Catire”, especie de mezcla de criollo con siamés. A veces, hacia acto de presencia su otro consentido, el viejo y bello persa blanco “El Pelu”. Entre esos dos gatitos se repartía todo su amor y cariño. Confesaba a viva voz: “el amor de los gatos es más sincero y duradero que el de los seres humanos”, frase que complementa con un: “de ninguna gato se puede esperar una traición, son los seres mas fieles de la tierra, de los hombre se puede esperar cualquier bajeza cualquier, debilidad de la condición humana”.
El titulo de la película de hoy era: "Aguirre, la Cólera de Dios" de Werner Herzog y como esa, muchos otros filmes de R. W. Fassbinder, Win Wenders, Truffaut, Chabrol, Tavernier, Techini, Tati, etc. desfilaron uno a uno por esta pequeña y confortable sala familiar. Quizás las películas que más recuerde con facilidad son las de la Alemania, que llegaban gracias a los excelentes vínculos que mi papa había tejido con los amigos de la Asociación Cultural Humbolt. Y las francesas no se quedaban atrás, ya que mantenía estrechas relaciones también con los agregados culturales de la Embajada de Francia.
Otra cosa que nunca se me olvidará son sus certeros y formadores comentarios que hacia al momento de ver la película. Su apreciaciones y análisis sobre lo visto nunca faltaban, en una especie de cine foro casero e intimo. Y yo me cuidaba de no decir algo inapropiado o fuera de todo contexto del tema que trataba la película, porque podía ser castigado con un: “Juan Luis, tu cómo que estas en la luna, cómo que no entendiste la película”.


Autor:
JUAN LUIS RODRÍGUEZ


Comunicador Social graduado en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Investigador de la historia y evolución  del cine en el estado Lara. Difusor y exhibidor cinematográfico del filmes de interés artístico y cultural. Investigador de la historia y evolución  del cine en el estado Lara. Director presidente del Cineclub Charles Chaplin, sala alternativa del Colegio de Abogados del Estado Lara. Instructor de cursos y talleres de Lenguaje Cinematográfico.

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El Espejo Incómodo: una mirada a través del racismo y la negación latina en el cine


Tras varios meses de haberse celebrado la 88º edición de los Oscars, uno de los momentos más esperados del año por cinéfilos, la prensa y el público amante del espectáculo, podemos hacer fácilmente una breve enumeración de todas las sorpresas ocurridas durante la ceremonia que sin duda gratificaron a la mayoría de la audiencia hispanohablante: la primera premiación en la historia a un corto de animación chileno, el tercer premio consecutivo a Emanuel Lubezki por mejor fotografía y por supuesto el segundo año consecutivo de Alejandro González Iñarritu como mejor director; todas gratas sorpresas para la población latina… Pero estoy seguro que si hiciéramos un censo de lo que menos gusto durante la premiación a este mismo sector de la población, puedo deducir que la mayoría responderá “todo lo referente a la campaña #Oscarssowhite”, a pesar de que había cierta incertidumbre de como Chris Rock abordaría un tema tan controversial que ya tenía meses gestándose en la opinión pública, la incesante repetición del tema durante el resto de la ceremonia fue algo que sin duda incomodó y hasta en cierta manera disgustó al espectador promedio, basándome solamente en comentarios que ya he escuchado.
Bajo este planteamiento inicial, considero que es primeramente importante reflexionar sobre la duda principal que surge de esta problemática, ¿es la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas realmente racista?; para empezar es difícil responder con claridad este punto, lo único que tenemos a nuestro favor son datos estadísticos revelados por el Hufftington Post donde se expone que de los 450 miembros activos de la academia 96% está compuesta por personas caucásicas del cual 87% son hombres.
Aunque no podemos saber con seguridad la opinión personal de estos 450 miembros, por medio de estos datos vemos claramente como a nivel étnico y de género existe una desventaja, una carente representación del resto de la población que efectivamente también pertenece a la industria cinematográfica y forma parte de los Estados Unidos, sin embargo, el objetivo de este artículo no es hacer más hincapié en el tema de la inclusión étnica, es más, la misma academia ha reconocido públicamente su falla en una rueda de prensa efectuada a principios de este año y ha prometido instaurar nuevas medidas de inclusión para el 2020.
El verdadero objetivo de este texto es hacer un llamado a la reflexión. ¿Por qué la simple mención de este tema tiene que ser objeto de disgusto o cansancio para la población? ¿De verdad es algo tan incómodo de discutir la inclusión racial en pleno siglo XXI? ¿Incluso dentro de la misma población latinoamericana? ¿Después de todo, no somos dentro del territorio norteamericano considerados también una minoría?
El tema del racismo siempre ha sido complicado de tratar, buscando dentro de las mismas referencias cinematográficas, “Do The Right Thing” de Spike Lee sin duda fue una de las que dio un vuelco en la historia del cine al exponer dicho tema de una forma tan original pero al mismo tiempo que fuera palpable y real, hasta el día de hoy resulta una de las cintas más controversiales de la historia por este hecho y es considerada una obra maestra a pesar de que suela dividir a la audiencias con su mensaje moral.
Entre foros estudiantiles aún se sigue debatiendo mucho sobre las acciones de los personajes de la cinta, por ejemplo, ¿es Sal, el vendedor de pizzas, racista? Muchas veces vemos como todos se refieren a él como un “buen hombre” que realmente no le importa el color de piel de sus clientes, pero cuando vemos con una mirada más crítica su discurso vemos como el mismo se distancia (quizás sin saberlo de forma consciente) del resto de sus clientes de color, usando términos como “esta gente” e incluso llega a utilizar palabras verdaderamente dolientes a nivel cultural como “Negros” y “su música africana”.
Existen también diferentes visiones e interpretaciones del final según el grupo étnico al que perteneces, distinciones que parecen extrañas que existan puesto que la interpretación de una película es un proceso completamente subjetivo pero por alguna razón una determinada población de la masa, según su grupo étnico, parece dar más fácilmente con una interpretación distinguiéndose automáticamente de otros.
Es difícil decir cuál es el significado real de la película pero si me preguntan a mí, considero que el verdadero mensaje que Spike Lee deseaba transmitir era como el racismo subyace en lo más profundo de nuestro ser, independientemente de nuestro bagaje cultural y nuestra crianza bien intencionada de respeto al prójimo, todos podemos usar los estereotipos como mecanismo de defensa e incluso profesar los adjetivos calificativos más hirientes basándonos solo en el color de piel o cultura de alguien que es diferente a nosotros, es algo de lo que somos “víctimas” que ni siquiera forma parte de la decisión propia del individuo, es algo que forma parte implícita de nuestra sociedad.
Pero esto no significa que tengamos que sentirnos culpables, al menos no al cien por ciento, después de todo, ¿no se supone que los medios de comunicación también influyen en lo que la misma sociedad es o debe aspirar a ser? El racismo está presente en todas las áreas, en todos los campos del arte, el entretenimiento y el intercambio comercial.
En el 2012 cuando la famosa revista británica dedicada exclusivamente a contenido cinematográfico, Sight and Sound, publicó su lista de las mejores películas de todos los tiempos (lista que se actualiza una vez cada década) ocurrieron dos hechos sumamente importantes que siguen siendo polémicos, el primero fue la sustitución de "Ciudadano Kane" por "Vértigo" en el primer puesto, y el segundo, el que nuevamente no existiera ningún filme latinoamericano en la lista.
Solo fueron tomados en cuenta un total de seis filmes provenientes de las culturas “tercermundistas” de un total de 100 películas escogidas por más de ciento cincuenta expertos de la crítica cinematográfica que trabajan en los medios más distinguidos de Europa y Estados Unidos.
Esta lista que supuestamente abarca lo mejor del material audiovisual disponible en el mundo desde el mismo nacimiento del cine, resulta bastante sorprendente que solo se haya tomado en cuenta una pequeña porción del mundo que no sea de habla inglesa o francesa y pueda verse “honrada” por pertenecer a esta lista.
No me extenderé explicando la trama de estas películas pero basta con saber que solo tres de ellas eran chinas, una iraní, solo una de la India (que tiene una industria cinematográfica tan grande y potente como Hollywood) y solamente una en representación de todo el continente africano, nuevamente cabe destacar que no hay ni una sola del continente suramericano.
Ante esta polémica creo que es importante destacar que no solo los medios internacionales ignoran lo que se conoce como el “Tercer Cine”, la misma audiencia a veces se niega a presenciarlo a pesar de estar dentro de la misma ubicación geográfica de sus realizadores, el venezolano parece tener hasta en cierta forma pavor de entrar a una sala de cine donde se proyecte cine nacional, se niega continuamente a ver en pantallas “putas, drogadictos y malandros” y su discurso contra este hecho se ha vuelto hasta repetitivo…, pero por mucho que duela, ¿no son estos escenarios más cercanos a la realidad?
Claro, se sabe que existen otras formas de hacer cine sin recurrir a estos ya estereotipos nacionales y es obvio que Venezuela no solo está compuesta por putas, drogadictos y malandros; se sabe que nuevos temas de calidad humana con los que la audiencia se puede sentir identificada están presentes en la nueva filmografía que se está desarrollando en nuestro país y que de hecho ha sido ampliamente galardonada en festivales de cine internacionales, pero aun así resulta paradójico la poca gente que desea entrar a ver cine nacional, el estigma y el estereotipo que se ha ganado nuestro cine sigue vigente.
Este fenómeno no es propio de nuestro país y mucho menos único en la historia, el director Glauber Rocha en su manifiesto titulado “Estética del Hambre” donde hace una defensa hacia el Cinema Novo (el cine brasileño de los años cincuenta y sesenta inspirado por el neorrealismo italiano) expone perfectamente uno de los puntos más importantes dentro de este tipo de cine donde se expone la miseria del tercer mundo: “Para los europeos es un extraño surrealismo tropical. Para los brasileños es una vergüenza nacional. El brasileño no come pero tiene vergüenza de decirlo, y, sobre todo, no sabe de dónde viene esa hambre”.
Esta frase creo que se aplica tanto para el Brasil de los años cincuenta como para la Venezuela actual, nosotros no deseamos nuestro cine porque lo que refleja es motivo de vergüenza, es un constante recordatorio de nuestra sociedad corrupta y pervertida que más que dejar un deseo por el cambio social nos deja un sentimiento de incomodidad y resignación, más que generar un cambio significativo en la vida del espectador incrementa el sentimiento de apatía.
¿Es realmente esta posición justificable? Claro que podemos discutir la calidad de nuestros realizadores y su sensibilidad para expresar estos temas, pero muchas veces se nos ha intentado vender la idea que lo que necesita nuestra cartelera son más alternativas, más opciones de decidir que ver y encontrar un punto en que nuestro cine no solo sea una crítica social sino que también pueda converger con el entretenimiento y los gustos de la gente, que transmitan algo “positivo”; se sabe muy bien que esto ha funcionado en el pasado con películas como "Papita, Maní y Tostón".
Pero yo creo que va mucho más allá que la simple búsqueda de hacer un cine netamente comercial, cosa que por el momento es muy poco viable en vista de los costos que requiere un cine de puro entretenimiento y el presupuesto con el que contamos en la realidad.
Después de todo, ¿cómo podemos amar nuestro cine cuando estamos cien por ciento expuestos a los medios de comunicación del primer mundo que constantemente muestran una desigualdad étnica y un menosprecio por las minorías? Minorías de las cuales tristemente formamos parte y que en muchos casos con la que compartimos las mismas penas y las mismas formas de miseria, ¿no deberíamos por lógica sentirnos más identificados con ellos que con el casting de Friends?
Si ni siquiera los llamados expertos de cine que han trabajado durante años como críticos en la revista Sight And Sound, que están completamente dedicados a la búsqueda de la iluminación intelectual, son capaces de ver o apreciar lo suficiente las formas de hacer cine que existen en nuestro continente como para ponerlas en sus listas de favoritos. ¿Qué esperanza hay para nuestro espectador promedio que es un eterno esclavo de la imagen, que compra y consume lo primero que le venden los canales de su suscripción por cable?
Muchos son los teóricos de la comunicación y muchos han sido los tratados sobre estas problemáticas, algunas más actuales que otras claro está como lo es el fenómeno del analfabetismo audiovisual, un término bastante nuevo para designar el exceso de contenidos que las audiencias consumen sin racionalizar.
Otras problemáticas son aún más viejas pero parecen seguir vigentes, y peor, se ven aún más reflejadas en el cine; las desigualdades existentes entre los medios de comunicación de los países del tercer mundo y las potencias económicas que fue un punto ampliamente debatido en el Informe MacBride publicado por la UNESCO en 1980, son solo un punto de partida para explicar el fenómeno que estamos viviendo donde nuestra audiencia no solo está negando su cine; está negándose a sí misma.

Autor:
Luis De León

Estudiante de comunicación social y cine

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