¿Para qué servirán los cines en un futuro?


Por Juan Antonio García Borrero
Cortesía de Cine Cubano, la pupila insomne
 
Hace mucho tiempo que el cine ya no es líder del ocio en Cuba. Por eso cuando intentamos enseñarles a nuestros jóvenes estudiantes lo que la Historia del cine le ha aportado a la humanidad, muchos de ellos se muestran ajenos a nuestro entusiasmo. Esa generación ha visto mucho cine, pero ha ido poco al cine. Cuando hablo de cine como exlíder del ocio me refiero a la antigua práctica mediante la cual, la gente acostumbraba a salir de la casa para meterse en una sala oscura y compartir con muchos la fascinación ante una inmensa pantalla. Como dije antes, hoy la gente ve más películas y series que nunca, pero lo hace en la sala de su casa, o en la intimidad de su habitación. 

A juzgar por las investigaciones más serias, lo anterior parece una práctica cultural irreversible. ¿Significa eso que estarán condenadas a desaparecer esas salas colectivas donde otrora la gente creció mientras miraba las más disímiles historias? No lo creo. Tal vez lo que desaparezcan son las salas donde el espectador estaba condenado a participar de un modo más bien pasivo, observando desde su luneta lo que le contaban, pero es probable que ya estén sembradas las condiciones para que nazca un espectáculo cinematográfico en el que los nuevos públicos (nuestros estudiantes de ahora), tan habituados a lo interactivo, encuentren en las salas colectivas la mejor manera de completar los relatos que llegan a sus sentidos. 

Para imaginar un universo así, obviamente tendríamos que liberarnos de la tiranía conceptual que nos han impuesto los defensores del cine tomado en cuenta solo como arte. Esto no significa que dejemos a un lado los indiscutibles logros que han conseguido varios cineastas en el refinamiento del lenguaje cinematográfico. Esas obras maestras están allí, y seguirán inspirando a nuevos cineastas que tratarán de escapar de las fauces del mercado y el entretenimiento baladí. 

Pero una cosa es admitir la responsabilidad que tenemos como promotores y salvaguardas de ese legado cinematográfico, y otra cerrar los ojos ante un diagnóstico que parece afirmarnos que lo que hasta ahora hemos conocido por cine ha respondido en un inmenso por ciento de los casos, a lo comunicativo, no a lo artístico. Algo así nos comentaba Octavio Getino: 

«Convengamos que el cine es, antes que nada, un poderoso medio de comunicación social, aunque por sus características peculiares, puede también convertirse, aunque sólo a veces, en medio de expresión artística, según los valores estéticos que aparezcan en algunas de sus realizaciones. En este sentido, la calificación generalizada que se le ha otorgado como “séptimo arte” al cine en general, reviste un tono más presuntuoso y “marketinero” que real. Porque el cine puede producir inolvidables obras pertenecientes al campo del arte y la cultura universal, pero también, en la absoluta mayoría de los casos, películas sin ningún valor reconocible que rápidamente pasan al olvido. Sin hablar ya de la infinidad de producciones cinematográficas y audiovisuales que no están concebidas para su circulación en las salas de cine, sino destinadas a cumplir finalidades muy diversas en la educación y la capacitación, la divulgación cultural, la información documental, la propaganda ideológica o religiosa y la publicitación de industrias y servicios, o el entretenimiento». 

Es posible que si aceptásemos las consecuencias de ese diagnóstico con naturalidad, sin escandalizarnos, pudiéramos entender mucho mejor las necesidades de ese nuevo público que ve más películas que antes aunque va menos al cine. Y sobre la base de ese diagnóstico, podríamos construir agendas prácticas que nos permitan reconquistarlos para las salas. 

Desde luego, antes se necesita salir de la retórica más común para ensayar lo creativo, y poner los ejercicios de la imaginación a la altura de la nueva época. No hay que hacerle demasiado caso a los que hablan de una debacle en el gusto cinematográfico. Como apuntaba Arnorld Hauser, «el exagerado pesimismo respecto al presente es, la mayoría de las veces, sólo el otro lado de un juicio excesivamente favorable del pasado». Quizás no lo veamos con nuestros propios ojos, pero las nuevas salas cinematográficas seguirán siendo espacios donde se tejerán los más impensados sueños. 

Autor: 
Juan Antonio García Borrero 
Fuente: 
Cine Cubano, la pupila insomne
Foto: 
Beatriz Busaniche
Licencia Creative Commons
Fuente: 

¡Muéstrame el dinero!



Cada 28 de enero, Venezuela vuelve la mirada hacia sus primeras imágenes en movimiento para celebrar el nacimiento de su cinematografía. En este 2026, cuando se cumplen 129 años de aquel hito fundacional, el cine nacional se encuentra en un punto de inflexión histórico: ya no puede ni debe seguir pensándose únicamente como una expresión cultural sostenida por el Estado, sino como una actividad económica obligada a dialogar con las reglas del mercado. 

Durante décadas, el cine venezolano ha operado bajo una lógica de espera: la espera de financiamiento público, de políticas culturales estables, de presupuestos que hoy resultan cada vez más menguantes. La pregunta, entonces, no es solo por qué no existe una industria cinematográfica en Venezuela, sino por qué sigue resultando poco atractivo invertir en ella. La célebre frase pronunciada por Rod Tidwell (Cuba Gooding Jr.) en la película Jerry Maguire —«¡Muéstrame el dinero!»— funciona aquí como metáfora incómoda pero necesaria. Hacer cine no basta; es imprescindible comprender el negocio que lo sostiene, una lección que cinematografías como la estadounidense, la india o la nigeriana aprendieron hace tiempo.

Uno de los debates más reveladores en este aniversario tiene que ver con la productividad. Los grandes maestros del cine venezolano, como Román Chalbaud, podían permitirse dedicar años a una sola obra en un contexto histórico distinto, donde el tiempo y el financiamiento seguían otras lógicas. Hoy, cineastas como Jackson Gutiérrez han dinamitado esos esquemas tradicionales. Con más de veinte largometrajes realizados, Gutiérrez ha demostrado que el llamado “cine de guerrilla” no es solo una respuesta a la precariedad, sino un modelo funcional en economías restringidas. Este fenómeno plantea una disyuntiva clave: ¿es preferible una obra maestra cada década o una producción constante que mantenga activos a técnicos, actores y estructuras de trabajo? La respuesta, probablemente, no esté en los extremos, sino en un equilibrio aún por consolidarse. 

El cineasta venezolano contemporáneo parece haber entendido que el mecenazgo estatal ya no constituye la columna vertebral del sector, sino un complemento cada vez más lejano. El mercado interno, por sí solo, resulta insuficiente para recuperar las inversiones realizadas en la producción de películas. En este contexto, las coproducciones internacionales se perfilan como una de las estrategias más viables para el futuro. Aprovechar la diáspora de talentos asentados en países como México, España o Colombia no solo permitiría ampliar las posibilidades de financiamiento, sino también garantizar que nuestras historias circulen con pasaporte y generen ingresos en moneda extranjera. 

A ello se suma un cambio estructural ineludible: las plataformas digitales se han convertido en las nuevas salas de cine. En estos espacios virtuales se concentra hoy una difusión masiva real y una rentabilidad que, aunque más lenta, resulta sostenible a largo plazo. Ignorar este ecosistema sería condenar al cine nacional a una marginalidad autoimpuesta. 

Sin embargo, ningún modelo industrial puede consolidarse sin un marco legal adecuado. La actualización de los incentivos fiscales se vuelve urgente. El empresario venezolano invierte en televisión porque percibe un retorno publicitario inmediato; para que considere al cine como una opción viable, el Estado debe ofrecer mecanismos claros de deducción de impuestos, similares a los aplicados en países como República Dominicana o Colombia, donde el séptimo arte se ha convertido en un motor económico tangible. En esa misma línea, la reforma de la Ley de Cinematografía resulta indispensable para superar una visión centrada exclusivamente en el fomento cultural y avanzar hacia una perspectiva que privilegie la competitividad y la atracción de capital. 

A 129 años de aquellas primeras proyecciones en el Teatro Baralt, el cine venezolano sigue vivo, aunque con un rostro distinto y desafíos más complejos. El reto ya no es solo existir, sino transformarse finalmente en una industria de exportación: una capaz de producir historias que el mundo entero no solo quiera ver, sino también comprar.

Autor:
Guillermo Chávez

Fuera de foco es escrito por Guillermo Chávez. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, sin embargo, las opiniones emitidas en él son responsabilidad únicamente del autor.

Sala de Cine y Streaming: Lo Colectivo vs Lo Atomizado


Cuando estamos en la sala de cine, ya sea solos o acompañados, nos encontramos inmersos en la oscuridad del espacio. En muchos casos, antes de entrar a la sala, el cliente adquiere alimentos para la proyección. Desde que nos sentamos, e incluso antes de iniciar el film, empezamos a ingerir cotufas, chocolates y bebidas. Existe un consenso tácito en el que el ruido que produce abrir las bolsas y el hablar mientras nos sentamos, e incluso ya empezada la proyección, no es un problema para la mayoría. 

Una vez comenzada la película, estamos solos ante la pantalla, entregados a una narrativa que no se detiene aun cuando surgen ganas de ir al baño. No existe ninguna distracción externa relacionada con el film, lo cual es muy contrario al streaming, donde el espectador puede pausar, adelantar o retroceder el material, ya sea para buscar más cotufas o para darle la bienvenida a otro espectador. 

El streaming tiene esa particularidad: ofrece libertad de horario y espacio. Puedo verlo cuando quiero o puedo, con alguna otra persona o solo. En términos económicos, el streaming funciona por suscripción y permite ver cualquier cantidad de contenido, muy al contrario de la experiencia cinematográfica en la sala de proyección. Ir a una sala implica un traslado, vestirse, una salida a pasear. En cambio, el cine digital no condiciona el espacio, sino la conexión Wi-Fi y el dispositivo adecuado en términos técnicos. 

Ahora bien, la pregunta es sobre el futuro del cine en términos de proyección. Los números indican que, luego de la pandemia, ha costado que el público vuelva a la sala, y aparentemente eso tiene que ver con las películas, que ya es otro tema. No podemos augurar ni tomar partido; la pregunta que más bien viene a colación es sobre los gustos que ese público tiene sobre los temas, ya que el algoritmo está marcando la aguja en la pantalla pequeña, mientras que la calidad y el estilo determinan el regreso a la sala.

Autora: 
Andrea Ríos 

Licenciada en Artes mención cine. Es productora, guionista, directora y montadora en cine y TV. Es analista de guiones y tallerista. 

«En el espejo del cine» es escrito por la cineasta venezolana Andrea Ríos. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica. Sin embargo, las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad únicamente de la autora.

Érase una vez unos muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo

Muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo

Cada 28 de enero, año tras año, celebramos en Venezuela un aniversario más de nuestra cinematografía. Por muchos es conocido que ese día del año 1897 se presentaron públicamente las primeras imágenes en movimiento de contenido venezolano. Solo los títulos permiten aseverar que el material fue registrado en territorio nacional: Un célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa y Muchachos bañándose en la laguna de Maracaibo.

Nacimiento del cine venezolano

Ha pasado más de un siglo y el origen de nuestra cinematografía sigue siendo un tanto incierto. Tradicionalmente se le atribuye a Manuel Trujillo Durán la autoría de las primeras imágenes en movimientos venezolanas; sin embargo, no hay hasta ahora prueba fehaciente de este hecho como lo señala el escritor y poeta zuliano Alexis Fernández, autor de La Casa de la Bahía. Memorias de Manuel Trujillo Durán, en entrevista para la televisión regional (1) y como también lo afirma el investigador Jaime Sandoval en el documental producido para Vive TV Crónicas del Cine Venezolano de Belen Orsini. En ese sentido, es necesario señalar dos hechos importantes: 1) el Vitascopio, utilizado por Trujillo Durán inicialmente, era un aparato de proyección por lo que no pudo haberse registrado imágenes en movimiento con este equipo como lo señala investigadora Ambretta Marrosu en el libro Panorama Histórico del Cine en Venezuela 1896 - 1993 (2), siendo más probable su registro con un cinematógrafo de la Casa Lumière; y 2) Trujillo Durán no se encontraba para la fecha en Maracaibo porque había partido el 8 de enero de 1897 hacia el estado Tachira como lo refiere Lenyn Jaimes en su TEG El Teatro Garbiras como sede de la exhibición cinematográfica en San Cristóbal, Estado Táchira (1904-1920) (3) para luego seguir hacia Bucaramanga, Colombia, donde se presentó en el Teatro Peralta el 21 de agosto de 1897 como lo señala Angie Rico Agudelo en el libro Las travesías del cine y los espectáculos públicos (4) y reseñado por el periódico El Norte (Bucaramanga), el 27 de agosto de 1897(5)

Ahora bien, todo lo que antecede es una pequeña recopilación de información de distintos autores que presentan los hechos y aclaran dudas con relación al nacimiento de nuestra cinematografía. Sin embargo, es importante señalar que lo expuesto no le resta méritos a Manuel Trujillo Durán como pionero del cine nacional. Aunque no fue un realizador, su trabajo como exhibidor itinerante lo convierte en el primer difusor cinematográfico de Venezuela.

Es la difusión lo que le da sentido a la actividad cinematográfica. La posibilidad de que muchos espectadores puedan disfrutar de una obra audiovisual frente a una pantalla es lo que le otorgó la paternidad del cine mundial a los hermanos Lumière; y no a Edison ni a Louis Le Prince. Por lo tanto, podemos afirmar con certeza que Manuel Trujillo Durán es el padre del cine en Venezuela. 

Autor: 
Guillermo Chávez 

Enlaces a fuentes bibliográficas 

Imagen/Fuente: 
Wikimedia Commons
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Newspaper_clipping_announcing_the_showing_of_films_in_Maracaibo,_January_1897.png


Fuera de foco es escrito por Guillermo Chávez. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, sin embargo, las opiniones emitidas en él son responsabilidad únicamente del autor.

¿Quién fue Manuel Trujillo Durán?



En el aniversario 118 de nuestro cine publicamos el programa Historia Viva en la edición que tiene como invitado al poeta y escritor Alexis Fernández autor de "La Casa de la Bahía", una biografía novelada de la vida de Manuel Trujillo Durán. Esta novela es el fruto de diez años de investigación y en el video Fernández habla sobre este personaje tan importante dentro de la historia del cine venezolano.
“Mi abuelo era entrépito de profesión, porque sin ser ingeniero construía, sin ser electricista, hacía conexiones eléctricas, no estudió, pero sabía de todo y hacía de todo. No lo llegué a conocer porque nací en 1941, pero es como si lo hubiera conocido. Mi papá, Ciro Trujillo, me hablaba mucho de él, y guardo muchas fotos, cartas, y conservo un doblador de papel, hecho de madera, que él utilizaba en su imprenta”, expresa Iraida Trujillo, nieta de Manuel Trujillo Durán, quien vive en el estado Vargas.
Fuente:
Historia Viva
Un alquimista en Maracaibo/Diario Panorama

Un cortometraje para reflexionar sobre el perdón, la justicia y la dignidad humana



Al estilo de "Waking Life" y "A Scanner Darkly", con un efecto de dibujado que le proporciona una estética muy particular se presenta Fe de Vida, un cortometraje producido en Barquisimeto, Venezuela; con el apoyo de la Dirección de Cultura de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado UCLA. Fue estrenado en esa institución y proyectado durante el Festival de las Artes 2011. Fe de Vida es un cortometraje que toca una de las realidades más tristes de la sociedad latinoamericana y cuyo protagonista es uno de los delitos más viles; el secuestro.
En un momento donde la paz en Colombia se está concretando, esta historia toma vigencia y permite reflexionar sobre el perdón, la justicia y la dignidad humana.
Fuente:
HGRproducciones
http://www.youtube.com/watch?v=W2qcgboDJDs