Cada 28 de enero, Venezuela vuelve la mirada hacia sus primeras imágenes en movimiento para celebrar el nacimiento de su cinematografía. En este 2026, cuando se cumplen 129 años de aquel hito fundacional, el cine nacional se encuentra en un punto de inflexión histórico: ya no puede ni debe seguir pensándose únicamente como una expresión cultural sostenida por el Estado, sino como una actividad económica obligada a dialogar con las reglas del mercado.
Durante décadas, el cine venezolano ha operado bajo una lógica de espera: la espera de financiamiento público, de políticas culturales estables, de presupuestos que hoy resultan cada vez más menguantes. La pregunta, entonces, no es solo por qué no existe una industria cinematográfica en Venezuela, sino por qué sigue resultando poco atractivo invertir en ella. La célebre frase pronunciada por Rod Tidwell (Cuba Gooding Jr.) en la película Jerry Maguire —«¡Muéstrame el dinero!»— funciona aquí como metáfora incómoda pero necesaria. Hacer cine no basta; es imprescindible comprender el negocio que lo sostiene, una lección que cinematografías como la estadounidense, la india o la nigeriana aprendieron hace tiempo.
Uno de los debates más reveladores en este aniversario tiene que ver con la productividad. Los grandes maestros del cine venezolano, como Román Chalbaud, podían permitirse dedicar años a una sola obra en un contexto histórico distinto, donde el tiempo y el financiamiento seguían otras lógicas. Hoy, cineastas como Jackson Gutiérrez han dinamitado esos esquemas tradicionales. Con más de veinte largometrajes realizados, Gutiérrez ha demostrado que el llamado “cine de guerrilla” no es solo una respuesta a la precariedad, sino un modelo funcional en economías restringidas. Este fenómeno plantea una disyuntiva clave: ¿es preferible una obra maestra cada década o una producción constante que mantenga activos a técnicos, actores y estructuras de trabajo? La respuesta, probablemente, no esté en los extremos, sino en un equilibrio aún por consolidarse.
El cineasta venezolano contemporáneo parece haber entendido que el mecenazgo estatal ya no constituye la columna vertebral del sector, sino un complemento cada vez más lejano. El mercado interno, por sí solo, resulta insuficiente para recuperar las inversiones realizadas en la producción de películas. En este contexto, las coproducciones internacionales se perfilan como una de las estrategias más viables para el futuro. Aprovechar la diáspora de talentos asentados en países como México, España o Colombia no solo permitiría ampliar las posibilidades de financiamiento, sino también garantizar que nuestras historias circulen con pasaporte y generen ingresos en moneda extranjera.
A ello se suma un cambio estructural ineludible: las plataformas digitales se han convertido en las nuevas salas de cine. En estos espacios virtuales se concentra hoy una difusión masiva real y una rentabilidad que, aunque más lenta, resulta sostenible a largo plazo. Ignorar este ecosistema sería condenar al cine nacional a una marginalidad autoimpuesta.
Sin embargo, ningún modelo industrial puede consolidarse sin un marco legal adecuado. La actualización de los incentivos fiscales se vuelve urgente. El empresario venezolano invierte en televisión porque percibe un retorno publicitario inmediato; para que considere al cine como una opción viable, el Estado debe ofrecer mecanismos claros de deducción de impuestos, similares a los aplicados en países como República Dominicana o Colombia, donde el séptimo arte se ha convertido en un motor económico tangible. En esa misma línea, la reforma de la Ley de Cinematografía resulta indispensable para superar una visión centrada exclusivamente en el fomento cultural y avanzar hacia una perspectiva que privilegie la competitividad y la atracción de capital.
A 129 años de aquellas primeras proyecciones en el Teatro Baralt, el cine venezolano sigue vivo, aunque con un rostro distinto y desafíos más complejos. El reto ya no es solo existir, sino transformarse finalmente en una industria de exportación: una capaz de producir historias que el mundo entero no solo quiera ver, sino también comprar.
Autor:
Guillermo Chávez
Fuera de foco es escrito por Guillermo Chávez. El blog de Iribarren publica este espacio como una contribución al desarrollo de la cultura cinematográfica, sin embargo, las opiniones emitidas en él son responsabilidad únicamente del autor.
